Institucionalidad del miedo / La ciudad.

 

Pintura de Oswaldo Guayasamin El miedo, la tragedia y la tristeza de los problemas de la sociedad que son comunes en todos los tiempos.


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Constantemente los discursos institucionales y académicos (esta columna no es la excepción) acuñan un concepto de moda y lo hacen el centro de sus investigaciones. El caso del derecho a la ciudad no se aleja de aquello, inclusive hace un par de semanas se ratificó la nueva agenda urbana, en la cual la tarea clave es avanzar hacia una ciudad que retome la vida urbana en post de su transformación. Pero claramente ni siquiera a una aproximación somera se llegó en Hábitat III, más bien, lo que envolvía la organización, era todo lo contrario, una ciudad sitiada de nulo acceso y experiencias e imágenes que invocan el miedo a la ciudadanía, sustentadas en ideologías que influyen en las relaciones sociales, en los procesos de producción de subjetividades, y en la misma construcción de la ciudad. Frente a esto surge la pregunta ¿Cómo ejercer un verdadero derecho a la ciudad, si las instituciones han forjado una ciudadanía en base al miedo y el poder?

Es evidente que la ciudad no se construye de manera azarosa, o que la localización de ciertos grupos de ciudadanos no se establece de manera natural por relaciones distintivas de cultura u otros. Es claro el rol bipolar de las instituciones, las cuales por un lado defienden la belleza superlativa e inocente de los conceptos que evocan un vuelco de la población hacia la ciudad, mientras que por otro promueven el miedo y sus diversos adjetivos evitando el uso de la misma, promoviendo formas de separación y adhesión socioespacial, es decir, “por un lado permiten una cierta incorporación del miedo a la vida cotidiana y así activan formas de respuesta que, de hecho pueden garantizar la protección y la supervivencia. Pero, de otro lado, conducen a hacer de los habitantes urbanos, sujetos cada vez más aprehensivos, temerosos de los otros y de la ciudad misma.  Por eso deciden vivir en una porción de la ciudad como si esta fuera la totalidad, porque lo demás está poblado de fantasmas”.

Entonces si el miedo está en la raíz del poder y este inunda la cotidianidad de los organismos de la ciudad, es posible ejercer un derecho a la ciudad, sabiendo que para que se produzca el miedo se debe sostener una relación entre un dominante y un dominado.

 

Ojeda, Lautaro. (2015). Miedos, poder y seguridad. Editorial Sandra Ojeda Salvador

Por: Pedro Palma Calorio –  Gricel Labbé C.

 

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