Reivindicación y Lucha por una Vivienda: Mujeres Migrantes Construyendo Comunidad

El acceso a la vivienda en Chile constituye una problemática estructural dentro de la sociedad. El sueño de la casa propia se transforma en el mayor objetivo de vida de muchas personas, quizás nunca pudiendo lograrlo. Con la liberalización del suelo en 1979 (De Mattos, 2005), el territorio comenzó a regirse bajo las dinámicas del mercado, dejando pocas posibilidades a los habitantes más pobres de la ciudad para elegir donde vivir.

Hoy Chile en el contexto latinoamericano, es uno de los países que recibe una gran cantidad de población extranjera proveniente del hemisferio sur, transformándose en un polo migratorio. El anhelo por encontrar una mejor calidad de vida, muchas veces se ve frustrado cuando se topan con limitaciones en el acceso a una vivienda, con arriendos caros y condiciones precarias, siendo uno de los problemas más importante que deben sortear.

Para las y los migrantes, el subarrendamiento se consolida como una de las posibilidades más concretas para habitar, teniendo que aceptar el aprovechamiento y discriminación a la hora de arrendar, con altos precios, reducidos espacios y precariedad material. Si bien esta forma de residencia es una de las más accesibles para los recién llegados, actualmente existen diversas experiencias en Chile (Copiapó, Santiago, o como el tan conocido campamento multicultural de Antofagasta), que demuestran que las tomas de terreno se manifiestan como una alternativa residencial para los migrantes, que permite afrontar los obstáculos de acceso a un espacio para vivir.

La irregularidad de los asentamientos en sus diversas formas, ha sido uno de los mecanismos del habitar que en Chile se constituye como alternativa y estrategia a las opciones de soluciones habitacionales que ofrece el Estado (Garcés, et. al, 2004: 4), en donde los habitantes más pobres de la ciudad, están obligados a producir su propio hábitat, lo que ha configurado la morfología, el paisaje y  las dimensiones de la ciudad. Como mecanismo del habitar las ocupaciones de tierra permitieron una apropiación y construcción del espacio diferenciada, en donde la importancia de las prácticas de construcción social y política del hábitat se ocultaron mediante el fundamento de la ilegalidad. La planificación urbana y el desigual acceso al mercado del suelo, generó que el poblamiento de las ciudades tuviera características asimétricas, donde en muchos casos la inaccesibilidad a la vivienda formal, dio paso al desarrollo de asentamientos informales en las periferias urbanas.

¿Qué pasa con el acceso al habitar por parte de los migrantes? La localización y las condiciones de la residencia en la ciudad de los migrantes en Chile es un factor que permite dar cuenta de los procesos económicos, políticos y sociales, que se están viviendo actualmente, poniendo de manifiesto la incapacidad e inhabilidad del Estado chileno en su gestión ante el arribo de un importante volumen de población extranjera.

En la comuna de Colina existe una toma de terreno en donde gran parte de sus pobladores son migrantes dominicanos y en una cifra mayor, mujeres. En su origen (2011) se constituye como un campamento chileno, sin embargo, en el año 2015 la toma tiene un punto de inflexión, la llegada de un grupo de dominicanas que, aprovechando la disponibilidad de terreno en un antiguo vertedero comunal, comienzan a levantar y construir un espacio donde vivir. Si bien existen residentes de diferentes países latinoamericanos, al 2017 los residentes dominicanos supera el 63% del total de los habitantes (TECHO, 2016), que vienen en busca de mejores oportunidades de trabajo para poder enviar dinero a sus familias en el extranjero. Actualmente el Campamento Ribera Sur alberga aproximadamente 140 familias, con 52 hogares chilenos y otras nacionalidades, y 81 hogares extranjeros provenientes de República Dominicana (SERVIU, 2016). Lo particular de este asentamiento es que en su mayoría lo constituyen mujeres, un 57,9% de las mujeres dominicanas del campamento son jefas de hogar (FAU- TECHO, 2017). Si bien el campamento se localiza en una comuna de la periferia norte de la Región Metropolitana, en la escala comunal Ribera Sur se ubica en un espacio privilegiado, cercano a servicios, centros educacionales, transporte colectivo, entre otros.

En Chile, las tomas de terreno de finales de los años cincuenta fueron manifestación de la relevancia del ejercicio social y político que realizaron las mujeres pobladoras de ese tiempo. Se convirtieron en actoras de diversos movimientos sociales, formando parte de importantes transformaciones políticas y sociales de la época. Las mujeres chilenas perdían protagonismo al momento de la consolidación de las tomas en la ciudad- cuando las dirigencias quedaban al mando de hombres-, pues se relegaba su rol a los espacios domésticos, ocultando la importancia de las acciones de las pobladoras en el proceso de conquista de terrenos en el país.

Las mujeres dominicanas hoy reproducen diferentes lógicas comunitarias de asentamiento, ya que son ellas las que actúan y figuran como representantes durante todo el proceso de asentamiento y autoconstrucción del campamento, pudiendo tomar decisiones trascendentales en la construcción de los espacios interiores del campamento (materiales, simbólicos e identitarios),  vinculadas a las experiencias grupales, en donde lo colectivo significa y construye más allá de lo doméstico. La complejidad de las actividades realizadas por las mujeres tanto en la conquista de espacios para la vivienda, como en las actividades familiares se traduce en prácticas de construcción del espacio comunitario. La construcción comunitaria de las relaciones sociales y políticas que ponen de manifiesto las mujeres en las tomas de terreno, configuran los distintos espacios en el campamento, de los que hacen uso no sólo ellas, sino que todos los residentes. No se refiere a los espacios construidos por ellas para ellas, sino que desde sus prácticas, para el colectivo. Las prácticas espaciales de estas pobladoras en la escala barrial, evidencian las innumerables obligaciones que tienen a su cargo, -madres, trabajadoras, alimentadoras, amigas, cuidadoras- que manifiestan las labores de la mujer en la sobrevivencia, no sólo de la familia sino que también del colectivo.

Como se destacó, en el campamento de Colina, las mujeres dominicanas se alzan como una voz de lucha y compromiso con su migración, en donde de manera solidaria y comunitaria, construyen lazos no sólo con sus compatriotas, sino que con los vecinos del sector, en donde todas las prácticas que llevan a cabo se consolidan en un aporte para la sobrevivencia del colectivo, sin perder la identidad dominicana.

El poder de las mujeres en el campamento es estructurante, al punto de disponer y organizar espacios para la reproducción cultural que permiten mantenerse en el país como migrantes. La comunidad necesita de las prácticas de reproducción social y de los espacios construidos por las mujeres dominicanas, necesitan reconocer sus labores para poder seguir viviendo en el país, de otra forma, todo en el cotidiano sería más complejo. Son las mujeres dominicanas, las encargadas de resguardar la identidad dominicana en Chile, y de mantener el sentimiento de nostalgia con su cultura para poder replicarla acá.

La relevancia política y económica que ha generado los últimos años el fenómeno migratorio en Chile, y el desconocimiento e ignorancia por parte de la clase política de la realidad de los colectivos extranjeros -principalmente latinoamericanos-, favorece una serie de cargas simbólicas y materiales que posicionan a los y las migrantes en espacios de vulnerabilidad, desigualdad y subordinación que condicionan el acceso a su principal objetivo migratorio, una vivienda, un trabajo para una mejor calidad de vida.

 

Por Daniela Frías Montecinos
Geógrafa & Magíster en Desarrollo Urbano

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *