Reflexiones sobre una pandemia suelta en el mundo globalizado

CUARTA PARTE – ROBERT CASTEL, DEL FRACASO DE LA SOCIEDAD SALARIAL, EL RETORNO DE LA INSEGURIDAD Y UNA NUEVA CUESTIÓN SOCIAL.

Por Rodrigo Javier Dias*

Veintitrés de marzo de 2020. Plena expansión del Coronavirus sobre el territorio brasileño. El presidente Jair Bolsonaro, a través de un decreto establece el cese del pago de salarios a los trabajadores hasta por cuatro meses, argumentando que “los empleos están siendo exterminados” por la pandemia y que esta alternativa “es mejor que ser despedido”. Unas horas después tuvo que derogar dicha medida, ante la presión popular, al tiempo que liberaba cuantiosas partidas de dinero para la banca privada.

Veinticuatro de marzo de 2020. En el ahora país líder en casos detectados del Covid-19, Estados Unidos, su presidente declara en una entrevista para Fox News frases como

“Van a morir más personas si permitimos que esto continúe. Vamos a perder más gente si hay una gran recesión o una depresión. Habrá miles de suicidios. Van a suceder todo tipo de cosas. No se puede venir a decir que hay que cerrar a los Estados Unidos, el país más exitoso del mundo por mucho”.

“Nuestro país no está hecho para permanecer cerrado. Nuestra gente es vigorosa y no quiere estar encerrada en una casa o un apartamento”

“Las empresas son empleadoras de miles y miles de personas, y pagan muy bien. Queremos proteger a nuestros trabajadores. Los trabajadores primero. Pero hay que proteger a compañías como Boeing, que tuvo un muy mal año. No podemos perderla”

Italia, fines de marzo. Los titulares de los medios internacionales titulan que en el país europeo, que lleva ya veinte días de cuarentena y aislamiento total, comienzan a verse las primeras e inequívocas señales de un estallido social. El hambre, la falta de dinero, los asaltos a supermercados y la violencia callejera son cada vez más algo cotidiano. El estado no alcanza a dar respuesta a esta problemática.

Argentina, los días pasados. La empresa Techint, de la multimillonaria familia Rocca, amenaza y anuncia con despedir a 1450 trabajadores frente a esta situación de cuarentena obligatoria, medida que se replica en otras empresas del territorio nacional.

La pandemia ha quebrado el orden. Ha provocado que la sociedad se encuentre en un punto de ruptura al que el gobierno de Alberto Fernández y la mayoría de los gobiernos de la Tierra deberán enfrentarse y manejar con claridad y solidez, porque las lógicas del neoliberalismo se han expresado. No hay acuerdo, no hay pacto válido posible. Sin ganancia no hay derecho ni inclusión que valga. ¿Qué es lo que ha hecho fallar este virus?

Una consciente y crítica interpretación de su contemporaneidad

Robert Castel, francés nacido en 1933 y fallecido en marzo de 2013, fue un notable sociólogo que, al igual que Camus, tuvo que sufrir y adaptarse a las consecuencias de dos grandes hechos durante su vida: la segunda guerra mundial y luego las grandes transformaciones derivadas de la llegada del capitalismo neoliberal. Realizó notables estudios que analizaron los impactos de este sistema, retrotrayéndose para eso hasta las sociedades preindustriales y luego hacia las dificultades del proletariado, para poder interpretar qué aspectos resultaron críticos desde la introducción del trabajo asalariado y la transformación de las dinámicas de vida del antiguo artesanado hasta llegar a las lógicas dominantes de la actualidad.

Robert Castel

Si bien su mayor obra es “Las metamorfosis de la Cuestión Social”, también ha publicado otros títulos como “La inseguridad social”, “Propiedad privada, propiedad social, propiedad de si”, “El ascenso de las incertidumbres”, en donde trabaja con certeza y profundidad las ideas de Cuestión Social e inseguridad social, como bastiones de un contexto en el cual las sociedades deben adaptarse a las normas dictadas por un sistema que deja de reconocer gran parte de los beneficios promovidos por el welfare state o Estado de Bienestar, sin ofrecer soluciones alternativas a largo plazo.

Considerando que a pesar de las diversas crisis atravesadas desde la instauración global de este sistema y de un horizonte que se acerca plagado de incertidumbres más que de certezas, su trabajo también se ha convertido en algo atemporal y de gran vigencia para los tiempos que corren. Pensar en individualismo, en clases peligrosas, en los mecanismos de dominación contemporáneos y en cómo funcionan los sistemas estatales bajo estas lógicas son cuestiones que atraviesan inevitablemente el análisis del tejido social y que a su vez nos habilitan a preguntarnos qué ocurre con ellos cuando el escenario global presenta características inéditas para las generaciones que aparecieron sobre la faz de la tierra luego de la crisis del petróleo. Aislamiento y sistema económico son dos variables que se entrecruzan muy fuerte y que en algunos de sus puntos se rechazan tajantemente. Ver en los medios cómo gran parte de los aparatos productivos se ralentizan por decretos, cómo las soberanías vuelven a cobrar vigencia con los cierres de fronteras y qué se hace con las masas trabajadoras afectadas por las actividades incluidas dentro del cese de tareas obligado, nos llevan a plantear algunos interrogantes que es necesario abordar.

Cuestión Social, Sociedad Salarial y la llegada del neoliberalismo

Robert Castel define la Cuestión Social como un momento en el cual las sociedades ven peligrar su cohesión, una instancia determinada por una serie de condicionantes que amenazan con fracturar el tejido social frente a la que es necesario desarrollar acciones tendientes a eliminar o reducir ese riesgo. Este es un concepto que fue forjado al calor de la sociedad industrial, durante el siglo XIX, para representar un problema que hasta ese entonces no tenía solución: hombres mujeres y niños de corta edad se enfrentaban a jornadas laborales extensas, magras remuneraciones, condiciones insalubres en su lugar de trabajo tanto como en sus viviendas, y sobre todo, la certeza de saber que dependían pura y únicamente de la resistencia de su organismo como herramienta de subsistencia. La enfermedad o la incapacidad de poder realizar sus labores los volvía sujetos de un abandono total, situación de la que únicamente los podían rescatar sus redes de proximidad, su círculo íntimo de familiares o conocidos, siempre y cuando estuvieran en condición de hacerlo.

En el contexto de un Estado Liberal, y en plena revolución productiva, el único interés a satisfacer era el de los flamantes empresarios. Lo que ocurría con el resto de la población era algo que no entraba en la agenda. Incluso la iglesia, a través de la encíclica Rerum Novarum de 1891, bajo el pontificado de León XIII, promovía la idea de defender a los dueños de los medios de producción y alentaba a la población a trabajar y no caer en el ocio, que se veía como algo pernicioso. Las primeras instancias en las que se comenzó a pensar una solución a los problemas de los trabajadores se vieron envueltas en medidas que apuntaban principalmente a lo correctivo y lo punitivo. Se buscaba averiguar las razones por las cuales el sujeto no trabajaba y en virtud de lo identificado, tratar de insertarlo laboralmente. La mendicidad era punible, la pobreza era castigada y en mayor medida, se trataba de identificar posibles patologías que convirtieran a aquellos sujetos excluidos en pacientes de hospitales psiquiátricos o cárceles.

En este caso en particular, el último tercio del siglo XIX en los países centrales y las primeras décadas del siglo XX en Latinoamérica estuvieron signadas por cuantiosas protestas de parte de los trabajadores, en donde se ponía de manifiesto que el funcionamiento del sistema capitalista no era suficiente para satisfacer las necesidades de todos aquellos que lo componían. Este contexto, esta primera Cuestión Social nunca había sido puesta en diálogo como condición principal para la continuidad de una sociedad integrada. Así, las primeras leyes y modificaciones aparecieron, junto con una serie de regulaciones sancionadas entre 1883 y 1891 en el flamante Estado Alemán, las que darían inicio al Estado Bismarckiano, prototipo pionero del Estado de Bienestar.

Leyes y enmiendas similares fueron puestas bajo discusión y análisis tanto en Reino Unido como en Estados Unidos, aunque la Crisis de 1929 llegaría sin que Norteamérica las aplicara y Gran Bretaña apenas tuviera algunos mecanismos paliativos en función. Acto seguido, el mundo no tuvo chance de recuperarse del todo de la crisis que se vio sumido en otra contienda global que lo devastaría. En esa situación límite es cuando se comienza a pensar en la idea de un Estado que funcionara como el garante de las protecciones mínimas para todos sus ciudadanos: en la inmediata posguerra se comienza a extender un mecanismo que –compuesto por el modelo fordista de producción, la intervención estatal de la economía aplicando el modelo keynesiano y la redistribución progresiva de la renta bajo el welfare state o Estado de Bienestar- daría origen al Estado Social. A partir de su funcionamiento, el despliegue de los derechos sociales vinculados al trabajo se convertiría en la garantía de algo que los trabajadores carecían hasta ese entonces: una protección social derivada de una propiedad social, como lo era por ese entonces el trabajo, consolidando a partir de allí lo que se establecería como la Sociedad Salarial: el hecho de tener trabajo, de percibir un salario, convertía al trabajador en el propietario de una amplia gama de beneficios y protecciones que lo protegían de las vicisitudes de la vida misma.

Implementado con el New Deal de Roosevelt, pero realmente potenciado en la posguerra, el Estado Social se convirtió en la herramienta necesaria para resolver aquella Cuestión Social. Durante aquellas décadas de bonanza (bonanza relativa puesto que –tal como observa acertadamente Gunnar Myrdal en su libro “El reto a la sociedad opulenta” de 1964- no solo se limitaba a los países centrales sino que además comenzaba a alejarlos del resto, cuyos aparatos productivos no lograban consolidar un proceso de industrialización o cuyos territorios aún seguían bajo dominación colonial) el Estado Social permitió un crecimiento y expansión apreciable de la calidad de vida de la población en general a través de la ampliación de los derechos. Sin embargo, en el horizonte del Estado Social se comenzaba a ver un frente de tormenta que se precipitaría a comienzos de la década de los 70: el ideal neoliberal.

Como todos sabemos, las lógicas neoliberales desarticularon los avances logrados durante la etapa previa, promoviendo la reinserción de una economía en la que el papel del Estado no hiciera las veces de regulador rígido, el modelo productivo dejó de ser el Fordismo para dar lugar al Toyotismo y gran parte de la estructura del Estado de Bienestar, convirtiendo a la redistribución progresiva y a la plataforma de derechos sociales en algo discutible y flexible de aplicación.

En el campo social, el neoliberalismo introdujo además un nuevo tipo de subjetividad, moldeada a imagen y semejanza de éste, en donde la incertidumbre, la competencia y la explotación de sí mismo se volvían sus pilares fundamentales. Apuntando a desarticular los lazos colectivos de la sociedad, la exaltación del individuo promovió en el corto plazo la erosión de los lazos sociales y la fragmentación, acarreando como resultado inevitable la aparición de una nueva Cuestión Social, diferente porque aquí las herramientas de gestión social ya estaban presentes, pero el acceso a las mismas se convirtió en algo mucho más selectivo y azaroso, regido por un orden meritocrático. La contemporaneidad nos demostró que –tal como acertadamente analiza Byung Chul Han en “La Sociedad del cansancio”- los problemas de gestión del Estado se trasladaron al individuo, mutaron hacia un híbrido en el que el trabajador debe ser quien procure garantizarse el acceso a salud, educación, vivienda e incluso un fondo de seguros que lo proteja durante su jubilación, aún si para ello debe autoexplotarse al máximo de sus posibilidades físicas y psíquicas.

El “crack” del 20

Casi cien años después de la otra gran crisis capitalista, algunos autores están comenzando a llamar a esta pandemia el “Coronacrack”. Más allá de que puedan ser llamados alarmistas, visionarios o simplemente estén llevados por el deseo de acuñar un concepto antes de que se pueda hacer realidad, lo cierto es que la pandemia ha dado un golpe a la dinámica del depredador capitalismo neoliberal. No implica, como sugirió Zizek –no al menos por ahora- que el capitalismo esté próximo a desaparecer, pero sí el contexto actual es algo que resulta interesante para su estudio. Es la primera ocasión en la que un mundo globalizado, líquido, en constante movimiento, se ha detenido. La presunta maquinaria imposible de frenar se ha visto limitada por un sencillo organismo acelular dispersado por poco más de un millón de personas, apenas un 0,013 de la población global, y no hay horizonte de reactivación total, sino deseos de que esto suceda. Y si es en el corto plazo, mejor.

El estómago del neoliberalismo –si es que lo tiene- necesita seguir alimentándose, pero sus proveedores, aquellos que aportan el grueso del sustento monetario están confinados. Pero aun así está lejos de desaparecer. Ha sabido esquivar numerosas crisis, saliendo victorioso e incluso fortalecido. El problema acá es lo que ocurre con aquellos que conformamos a la sociedad.

Como hice referencia en la introducción, lo más preocupante y lo primero que surge en esta reflexión es ¿qué ocurre con la cohesión social?

En una sociedad ya erosionada por las tensiones políticas y económicas cotidianas, la llegada de una Pandemia ha venido a debilitar aún más el débil equilibrio que la sostiene. En Italia y España, dos de los países más afectados, los habitantes se ven forzados a robarse entre ellos, principalmente en las áreas más golpeadas por el Coronavirus. En Estados Unidos, los supermercados se han convertido en un campo de batalla al cual la gente acude y se considera victoriosa si logra salir de allí con un carro lleno de papel higiénico tras emprender uno o varios combates a golpes de puño con otros que iban tras el mismo objetivo. En Colombia los intentos de racionamiento de frutas terminan en saqueos masivos. En Panamá las revueltas sociales también están a la orden del día. En Argentina, la histeria por el alcohol en gel, los barbijos y el abastecimiento desmedido de productos ha colapsado los supermercados y ha hecho de algunas empresas farmacéuticas grandes especuladores. Es innegable que hay arrestos de comunitarismo, de asistencia, de colaboración de los lazos territoriales próximos, pero también es cierto que eso es una pequeña parte, un pequeño esfuerzo en un mar de individualistas cuya máxima expresión reside en los titulares de los grandes grupos económicos y termina en el ciudadano que se lleva de una farmacia doce botellas de alcohol en gel.

Hay elitismo, hay clasismo, también hay racismo y xenofobia. Lo hubo siempre, pero se han potenciado por el peor de todos los defectos, el individualismo, ese individualismo negativo, como diría Castel, que ha moldeado el neoliberalismo y que, como también afirma el intelectual ruso Aleksandr Dugin, es el último paso previo antes del triunfo total del capitalismo: la destrucción del sujeto colectivo. Los titulares de los diarios de algunos países europeos titulan: “es inminente el estallido social”. Y es tan cierto como la Pandemia. La sociedad se encuentra en un frágil punto en el que –como ocurrió con Argentina con la crisis del 2001- se corre el riesgo de una irremediable fractura social, y los Estados neoliberales en su mayoría se encuentran muy ocupados pensando en cómo continuar con su economía o como sacar rédito político y económico a la situación.

La inseguridad social y el fracaso de la sociedad salarial

Como había trabajado en reflexiones anteriores, la pandemia ha derribado todas las neodeidades que regulaban la vida de la sociedad. Para sumarle a este quiebre de las lógicas de producción y consumo, un Estado Neoliberal que ya había desarticulado el goce universalista de beneficios y derechos para convertirlos en cesiones particularistas y paliativas ahora ve, ante la paralización del planeta, cómo sus dispositivos comienzan a disgregarse. El coronavirus ha traído consigo una retracción de las escasas protecciones que la posesión del trabajo aún retenía: la misma subsistencia. La sociedad ha visto una reacción en cadena en la que ha caído todo tipo de soporte, incluyendo incluso al trabajo.

La pandemia ha revitalizado la idea que Rifkin proponía en su libro, “El fin del trabajo”, esa transformación posmoderna del sentido del empleo, del cual se rescata la idea de que es necesario pensar otras formas de obtener ganancias. Al igual que como algunos intelectuales (Ranciere, por ejemplo) proponen que la democracia es algo falible y que es necesario modificarla; es también momento de pensar que el trabajo, el significado de trabajo per se es algo que también debe ser repensado. También Castel afirmaba en su libro “La inseguridad social” la necesidad de pensar en otras alternativas diferentes a las actuales. Quizás sea este un punto de inicio para trabajar en ese sentido, porque ha quedado demostrado que la sociedad salarial ha fracasado estrepitosamente. Jamás contribuyó a la equidad global (recordemos que el salario representaba prestaciones, pero…¿qué ocurre con el trabajador informal?) pero ahora también ha demostrado que incluso ese pacto social tampoco cumple siquiera con su premisa principal. En épocas de pandemia, ni siquiera el tener trabajo puede garantizar un salario, y eso es algo que queda en evidencia cada día con mayor intensidad, y puede verse en cualquier portal de noticias.

Y frente a la inseguridad social, ¿qué hacemos?

Es visible que la desarticulación del Estado Social ha provocado una serie de impactos que golpean en el cuerpo de la sociedad. Pero estos impactos trascienden al goce de derechos y prestaciones inherentes al trabajo, como antes referí. Han llegado a otro plano, caracterizado por ser un regreso a los imaginarios que ponen en el ojo de la discusión a los “extraños” como los responsables de todos los males.

Al igual que durante la “Primera Cuestión Social”, en esta “nueva” etapa, se busca dentro de los individuos a aquellos que puedan fungir como “chivos expiatorios”: así, los migrantes y los jóvenes de ahora se convierten en los “vagabundos” de entonces, trayendo a coloquio además algunas peligrosas discusiones tales como el racismo, la xenofobia y la desocialización de los colectivos como resultado de la competencia individual propuesta por el neoliberalismo. En plena cuarentena, estos imaginarios vuelven a cobrar vigencia desde todos los rincones del planeta: todos podemos ser un chivo expiatorio. Partiendo de la misma idea de nombrarlo “El virus chino”, o ya sea por el desabastecimiento, el colapso del sistema de salud, aquellos que violan la cuarentena, los que trabajan y los que no, tal o cual gobierno, todo individuo o institución se vuelve un blanco al momento de disparar las culpas. Pero hoy, lo cual representa un salto cualitativo para la humanidad, por primera vez ese chivo expiatorio, esa búsqueda de responsables, se ha enfocado contra el mismo sistema.

Una posible alternativa para la compleja situación por la que las sociedades transitan en la actualidad: al igual que Daniel Arroyo lo hizo al analizar la sociedad argentina y las políticas sociales de primera y segunda generación; aquí Castel propone como algo impostergable que las protecciones sean tan “flexibles” como la dinámica misma del modelo económico: no se puede pensar en políticas sociales genéricas sino que es necesario administrar y evaluar los distintos derechos y garantías que brinda el Estado centrándose en uno en particular, caracterizado por las protecciones sobre el trabajo -tal como ocurrió durante el Estado Social- pero pensando en un trabajador cuyo recorrido profesional ya no es lineal y cuya función dentro del trabajo ya no esté determinada, tal como ocurría en las sociedades industriales fordistas. Incluso es necesario pensar en un trabajador que no se alinee con ninguna forma laboral formal. Todo trabajo, sea formal o informal, virtual o presencial, debería obtener a cambio un mínimo de prestaciones que tiendan a reducir esa inseguridad social que predomina desde la década del 70. Hoy por hoy, con estas particularidades acentuadas por un contexto en el cual siquiera se puede transitar por la calle sin permiso y gran parte de la población se ve impedida de trabajar –e impedida en consecuencia de obtener una subsistencia mínima, las apreciaciones de Castel se vuelven no sólo vigentes, sino de impostergable reflexión y aplicación.

¿El retorno del proletariado?

Apenas ha bastado un virus para demostrar que doscientos años de desarrollo tecnológico se desmoronan como un castillo de naipes. De nada sirve enviar una sonda a los confines del universo si los problemas domésticos no pueden resolverse cuando existe una emergencia global. El bienestar ha demostrado ser, al fin y al cabo, un mero reparto entre pocos que solo ha profundizado las brechas globales, regionales y locales, y una situación como la actual no hace más que reforzarlo. Se habla del teletrabajo, del home office, de los servicios esenciales y de las patologías de riesgo. De quedarse en sus casas, de reducciones de salario o de pago en cuotas. Pero existe una porción de la población que parece desaparecer bajo la alfombra del neoliberalismo.

¿Qué ocurre con las clases bajas? ¿qué ocurre con esa pobreza estructural con la que cuentan la mayoría de los países? Robert Castel hablaba de la propiedad social, un elemento garantizado por el Estado Social como respuesta a los contextos anteriores en los que únicamente la propiedad privada era reflejo de un bienestar mínimo. El trabajador, aquel industrial que subsistía al día y que en caso de enfermedad no cobraba o era despedido, carecía de toda propiedad. Sin embargo, con la llegada de estos mecanismos de redistribución, el trabajador accedía a una propiedad, entendida como el goce de derechos inherentes al trabajo en sí: el ciudadano (otro concepto a desarrollar profundamente) adquiere la propiedad de los derechos sociales.

Pero Bob Dylan ya lo alertó. Los tiempos han cambiado, el ideal liberal regresó, reformado, a manejar la dinámica global, aunque algunas cuestiones no han mutado, sino que se han profundizado. La precarización y la flexibilización laboral en convergencia con la desregulación de los trabajos y del Estado Social han empujado a la sociedad unas cuantas décadas hacia atrás. En un contexto en el cual los trabajadores ven en duda su situación laboral y salarial frente a esta Pandemia, ¿qué puede esperar alguien a quien el mercado lo expulsó al trabajo informal? ¿a qué elementos sanitarios puede acceder alguien a quien la crisis le quitó la posibilidad de ganarse el pan cada día? Y acá ampliamos el rango más allá de la pobreza estructural. Vemos en los medios los casos de trabajadores informales que de un día para el otro ven eliminado su ingreso diario. ¿Cómo subsisten en un contexto en el cual su informalidad se ha vuelto informal? Ha aparecido, en muchos casos, esta bondad de dos caras denominada capitalismo filantrópico, en la cual los grandes empresarios explotadores de su mano de obra copan los titulares de los portales web con pomposos anuncios. Fortunas (no personas) de miles de millones de dólares que donan cien mil. Quinientos mil. Dos mil, como en un caso vernáculo, que apuntan más a una exención del impuesto a las ganancias que a una cesión de origen. Cumplir con un compromiso que su status le exige, aunque no a cuenta de que sus beneficiarios saquen la cabeza fuera del agua, sino apenas darles un sorbete. La antigua filantropía de las damas de la alta alcurnia en épocas de transición entre la Cuestión Social y el Estado Social ha vuelto.

Pero es tal la precarización laboral y la exclusión, es tan profunda que aún por millonaria que sea la donación, resulta insuficiente. Es necesario entender que la pandemia ha congelado las economías pero que la vida de sus habitantes continúa, y que a aquellos carentes de una asistencia tendiente a la inclusión se le suman los nuevos excluidos, los expulsados del sistema por este contexto. Los Estados han reaccionado, pero es entendible que la reacción sea a destiempo e insuficiente. Es tarde para voltear la pirámide social construida por el neoliberalismo. Este contexto es la instancia en la cual la vulnerabilidad social se transforma en desafiliación, en la ruptura de los soportes estructurales del individuo al punto tal que ni siquiera los lazos de proximidad lo pueden sostener, porque es exclusión, informalidad y aislamiento. La única opción es el trabajo, pero no está disponible. Es el regreso del proletariado quizás no sea el término más adecuado. Los golpes que el Covid-19 está dando hacen tambalear la superestructura de un capitalismo que ve, sin poder remediarlo, el crecimiento exponencial de la masa marginal.

Quizás estemos frente a la profundización de una “antigua” nueva Cuestión Social  que jamás ha podido ser solucionada. Pero, frente a esta situación límite, es necesario pensar, con urgencia, alternativas que reconstruyan el rol del Estado y el de la Sociedad en aras de lo que el post-pandemia nos tenga preparados.

Créditos de las imágenes

Imagen 1: https://funcionlenguaje.com/index.php/en/sala-de-lectura/noticias/717-robert-castel-sociologia-del-trabajo.html

Imagen 2: https://www.agenciapi.co/galeria/coronavirus-llega-al-arte-callejero

Imagen 3: http://mexicosocial.org/pandemia-pobreza-desarrollo/

Imagen 4: https://www.lavanguardia.com/internacional/20200331/48198404022/italia-coronavirus-consecuencias-pobreza-mafia.html

Imagen 5: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-52446193


* Licenciado en Enseñanza de las Ciencias Sociales con orientación en Didáctica de la Geografía por la Universidad Nacional de San Martín. Profesor de Geografía por el Instituto Superior del Profesorado “Dr. Joaquín V. González”, con especializaciones en Geografía de África y Oceanía, Geografía de Asia y Geografía de la República Argentina – Procesos Sociales y Económicos.
Docente en nivel medio, en formación docente por el Instituto Superior del Profesorado “Dr. Joaquín V. González” y a nivel superior por la Universidad Autónoma de Entre Ríos. Actualmente en proceso de elaboración de tesis final de la Maestría en Sociología Política Internacional por la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Creador de Un espacio Geográfico

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