Reflexiones sobre una pandemia suelta en el mundo globalizado

CUARTA PARTE – ROBERT CASTEL, DEL FRACASO DE LA SOCIEDAD SALARIAL, EL RETORNO DE LA INSEGURIDAD Y UNA NUEVA CUESTIÓN SOCIAL.

Por Rodrigo Javier Dias*

Veintitrés de marzo de 2020. Plena expansión del Coronavirus sobre el territorio brasileño. El presidente Jair Bolsonaro, a través de un decreto establece el cese del pago de salarios a los trabajadores hasta por cuatro meses, argumentando que “los empleos están siendo exterminados” por la pandemia y que esta alternativa “es mejor que ser despedido”. Unas horas después tuvo que derogar dicha medida, ante la presión popular, al tiempo que liberaba cuantiosas partidas de dinero para la banca privada.

Veinticuatro de marzo de 2020. En el ahora país líder en casos detectados del Covid-19, Estados Unidos, su presidente declara en una entrevista para Fox News frases como

“Van a morir más personas si permitimos que esto continúe. Vamos a perder más gente si hay una gran recesión o una depresión. Habrá miles de suicidios. Van a suceder todo tipo de cosas. No se puede venir a decir que hay que cerrar a los Estados Unidos, el país más exitoso del mundo por mucho”.

“Nuestro país no está hecho para permanecer cerrado. Nuestra gente es vigorosa y no quiere estar encerrada en una casa o un apartamento”

“Las empresas son empleadoras de miles y miles de personas, y pagan muy bien. Queremos proteger a nuestros trabajadores. Los trabajadores primero. Pero hay que proteger a compañías como Boeing, que tuvo un muy mal año. No podemos perderla”

Italia, fines de marzo. Los titulares de los medios internacionales titulan que en el país europeo, que lleva ya veinte días de cuarentena y aislamiento total, comienzan a verse las primeras e inequívocas señales de un estallido social. El hambre, la falta de dinero, los asaltos a supermercados y la violencia callejera son cada vez más algo cotidiano. El estado no alcanza a dar respuesta a esta problemática.

Argentina, los días pasados. La empresa Techint, de la multimillonaria familia Rocca, amenaza y anuncia con despedir a 1450 trabajadores frente a esta situación de cuarentena obligatoria, medida que se replica en otras empresas del territorio nacional.

La pandemia ha quebrado el orden. Ha provocado que la sociedad se encuentre en un punto de ruptura al que el gobierno de Alberto Fernández y la mayoría de los gobiernos de la Tierra deberán enfrentarse y manejar con claridad y solidez, porque las lógicas del neoliberalismo se han expresado. No hay acuerdo, no hay pacto válido posible. Sin ganancia no hay derecho ni inclusión que valga. ¿Qué es lo que ha hecho fallar este virus?

Una consciente y crítica interpretación de su contemporaneidad

Robert Castel, francés nacido en 1933 y fallecido en marzo de 2013, fue un notable sociólogo que, al igual que Camus, tuvo que sufrir y adaptarse a las consecuencias de dos grandes hechos durante su vida: la segunda guerra mundial y luego las grandes transformaciones derivadas de la llegada del capitalismo neoliberal. Realizó notables estudios que analizaron los impactos de este sistema, retrotrayéndose para eso hasta las sociedades preindustriales y luego hacia las dificultades del proletariado, para poder interpretar qué aspectos resultaron críticos desde la introducción del trabajo asalariado y la transformación de las dinámicas de vida del antiguo artesanado hasta llegar a las lógicas dominantes de la actualidad.

Robert Castel

Si bien su mayor obra es “Las metamorfosis de la Cuestión Social”, también ha publicado otros títulos como “La inseguridad social”, “Propiedad privada, propiedad social, propiedad de si”, “El ascenso de las incertidumbres”, en donde trabaja con certeza y profundidad las ideas de Cuestión Social e inseguridad social, como bastiones de un contexto en el cual las sociedades deben adaptarse a las normas dictadas por un sistema que deja de reconocer gran parte de los beneficios promovidos por el welfare state o Estado de Bienestar, sin ofrecer soluciones alternativas a largo plazo.

Considerando que a pesar de las diversas crisis atravesadas desde la instauración global de este sistema y de un horizonte que se acerca plagado de incertidumbres más que de certezas, su trabajo también se ha convertido en algo atemporal y de gran vigencia para los tiempos que corren. Pensar en individualismo, en clases peligrosas, en los mecanismos de dominación contemporáneos y en cómo funcionan los sistemas estatales bajo estas lógicas son cuestiones que atraviesan inevitablemente el análisis del tejido social y que a su vez nos habilitan a preguntarnos qué ocurre con ellos cuando el escenario global presenta características inéditas para las generaciones que aparecieron sobre la faz de la tierra luego de la crisis del petróleo. Aislamiento y sistema económico son dos variables que se entrecruzan muy fuerte y que en algunos de sus puntos se rechazan tajantemente. Ver en los medios cómo gran parte de los aparatos productivos se ralentizan por decretos, cómo las soberanías vuelven a cobrar vigencia con los cierres de fronteras y qué se hace con las masas trabajadoras afectadas por las actividades incluidas dentro del cese de tareas obligado, nos llevan a plantear algunos interrogantes que es necesario abordar.

Cuestión Social, Sociedad Salarial y la llegada del neoliberalismo

Robert Castel define la Cuestión Social como un momento en el cual las sociedades ven peligrar su cohesión, una instancia determinada por una serie de condicionantes que amenazan con fracturar el tejido social frente a la que es necesario desarrollar acciones tendientes a eliminar o reducir ese riesgo. Este es un concepto que fue forjado al calor de la sociedad industrial, durante el siglo XIX, para representar un problema que hasta ese entonces no tenía solución: hombres mujeres y niños de corta edad se enfrentaban a jornadas laborales extensas, magras remuneraciones, condiciones insalubres en su lugar de trabajo tanto como en sus viviendas, y sobre todo, la certeza de saber que dependían pura y únicamente de la resistencia de su organismo como herramienta de subsistencia. La enfermedad o la incapacidad de poder realizar sus labores los volvía sujetos de un abandono total, situación de la que únicamente los podían rescatar sus redes de proximidad, su círculo íntimo de familiares o conocidos, siempre y cuando estuvieran en condición de hacerlo.

En el contexto de un Estado Liberal, y en plena revolución productiva, el único interés a satisfacer era el de los flamantes empresarios. Lo que ocurría con el resto de la población era algo que no entraba en la agenda. Incluso la iglesia, a través de la encíclica Rerum Novarum de 1891, bajo el pontificado de León XIII, promovía la idea de defender a los dueños de los medios de producción y alentaba a la población a trabajar y no caer en el ocio, que se veía como algo pernicioso. Las primeras instancias en las que se comenzó a pensar una solución a los problemas de los trabajadores se vieron envueltas en medidas que apuntaban principalmente a lo correctivo y lo punitivo. Se buscaba averiguar las razones por las cuales el sujeto no trabajaba y en virtud de lo identificado, tratar de insertarlo laboralmente. La mendicidad era punible, la pobreza era castigada y en mayor medida, se trataba de identificar posibles patologías que convirtieran a aquellos sujetos excluidos en pacientes de hospitales psiquiátricos o cárceles.

En este caso en particular, el último tercio del siglo XIX en los países centrales y las primeras décadas del siglo XX en Latinoamérica estuvieron signadas por cuantiosas protestas de parte de los trabajadores, en donde se ponía de manifiesto que el funcionamiento del sistema capitalista no era suficiente para satisfacer las necesidades de todos aquellos que lo componían. Este contexto, esta primera Cuestión Social nunca había sido puesta en diálogo como condición principal para la continuidad de una sociedad integrada. Así, las primeras leyes y modificaciones aparecieron, junto con una serie de regulaciones sancionadas entre 1883 y 1891 en el flamante Estado Alemán, las que darían inicio al Estado Bismarckiano, prototipo pionero del Estado de Bienestar.

Leyes y enmiendas similares fueron puestas bajo discusión y análisis tanto en Reino Unido como en Estados Unidos, aunque la Crisis de 1929 llegaría sin que Norteamérica las aplicara y Gran Bretaña apenas tuviera algunos mecanismos paliativos en función. Acto seguido, el mundo no tuvo chance de recuperarse del todo de la crisis que se vio sumido en otra contienda global que lo devastaría. En esa situación límite es cuando se comienza a pensar en la idea de un Estado que funcionara como el garante de las protecciones mínimas para todos sus ciudadanos: en la inmediata posguerra se comienza a extender un mecanismo que –compuesto por el modelo fordista de producción, la intervención estatal de la economía aplicando el modelo keynesiano y la redistribución progresiva de la renta bajo el welfare state o Estado de Bienestar- daría origen al Estado Social. A partir de su funcionamiento, el despliegue de los derechos sociales vinculados al trabajo se convertiría en la garantía de algo que los trabajadores carecían hasta ese entonces: una protección social derivada de una propiedad social, como lo era por ese entonces el trabajo, consolidando a partir de allí lo que se establecería como la Sociedad Salarial: el hecho de tener trabajo, de percibir un salario, convertía al trabajador en el propietario de una amplia gama de beneficios y protecciones que lo protegían de las vicisitudes de la vida misma.

Implementado con el New Deal de Roosevelt, pero realmente potenciado en la posguerra, el Estado Social se convirtió en la herramienta necesaria para resolver aquella Cuestión Social. Durante aquellas décadas de bonanza (bonanza relativa puesto que –tal como observa acertadamente Gunnar Myrdal en su libro “El reto a la sociedad opulenta” de 1964- no solo se limitaba a los países centrales sino que además comenzaba a alejarlos del resto, cuyos aparatos productivos no lograban consolidar un proceso de industrialización o cuyos territorios aún seguían bajo dominación colonial) el Estado Social permitió un crecimiento y expansión apreciable de la calidad de vida de la población en general a través de la ampliación de los derechos. Sin embargo, en el horizonte del Estado Social se comenzaba a ver un frente de tormenta que se precipitaría a comienzos de la década de los 70: el ideal neoliberal.

Como todos sabemos, las lógicas neoliberales desarticularon los avances logrados durante la etapa previa, promoviendo la reinserción de una economía en la que el papel del Estado no hiciera las veces de regulador rígido, el modelo productivo dejó de ser el Fordismo para dar lugar al Toyotismo y gran parte de la estructura del Estado de Bienestar, convirtiendo a la redistribución progresiva y a la plataforma de derechos sociales en algo discutible y flexible de aplicación.

En el campo social, el neoliberalismo introdujo además un nuevo tipo de subjetividad, moldeada a imagen y semejanza de éste, en donde la incertidumbre, la competencia y la explotación de sí mismo se volvían sus pilares fundamentales. Apuntando a desarticular los lazos colectivos de la sociedad, la exaltación del individuo promovió en el corto plazo la erosión de los lazos sociales y la fragmentación, acarreando como resultado inevitable la aparición de una nueva Cuestión Social, diferente porque aquí las herramientas de gestión social ya estaban presentes, pero el acceso a las mismas se convirtió en algo mucho más selectivo y azaroso, regido por un orden meritocrático. La contemporaneidad nos demostró que –tal como acertadamente analiza Byung Chul Han en “La Sociedad del cansancio”- los problemas de gestión del Estado se trasladaron al individuo, mutaron hacia un híbrido en el que el trabajador debe ser quien procure garantizarse el acceso a salud, educación, vivienda e incluso un fondo de seguros que lo proteja durante su jubilación, aún si para ello debe autoexplotarse al máximo de sus posibilidades físicas y psíquicas.

El “crack” del 20

Casi cien años después de la otra gran crisis capitalista, algunos autores están comenzando a llamar a esta pandemia el “Coronacrack”. Más allá de que puedan ser llamados alarmistas, visionarios o simplemente estén llevados por el deseo de acuñar un concepto antes de que se pueda hacer realidad, lo cierto es que la pandemia ha dado un golpe a la dinámica del depredador capitalismo neoliberal. No implica, como sugirió Zizek –no al menos por ahora- que el capitalismo esté próximo a desaparecer, pero sí el contexto actual es algo que resulta interesante para su estudio. Es la primera ocasión en la que un mundo globalizado, líquido, en constante movimiento, se ha detenido. La presunta maquinaria imposible de frenar se ha visto limitada por un sencillo organismo acelular dispersado por poco más de un millón de personas, apenas un 0,013 de la población global, y no hay horizonte de reactivación total, sino deseos de que esto suceda. Y si es en el corto plazo, mejor.

El estómago del neoliberalismo –si es que lo tiene- necesita seguir alimentándose, pero sus proveedores, aquellos que aportan el grueso del sustento monetario están confinados. Pero aun así está lejos de desaparecer. Ha sabido esquivar numerosas crisis, saliendo victorioso e incluso fortalecido. El problema acá es lo que ocurre con aquellos que conformamos a la sociedad.

Como hice referencia en la introducción, lo más preocupante y lo primero que surge en esta reflexión es ¿qué ocurre con la cohesión social?

En una sociedad ya erosionada por las tensiones políticas y económicas cotidianas, la llegada de una Pandemia ha venido a debilitar aún más el débil equilibrio que la sostiene. En Italia y España, dos de los países más afectados, los habitantes se ven forzados a robarse entre ellos, principalmente en las áreas más golpeadas por el Coronavirus. En Estados Unidos, los supermercados se han convertido en un campo de batalla al cual la gente acude y se considera victoriosa si logra salir de allí con un carro lleno de papel higiénico tras emprender uno o varios combates a golpes de puño con otros que iban tras el mismo objetivo. En Colombia los intentos de racionamiento de frutas terminan en saqueos masivos. En Panamá las revueltas sociales también están a la orden del día. En Argentina, la histeria por el alcohol en gel, los barbijos y el abastecimiento desmedido de productos ha colapsado los supermercados y ha hecho de algunas empresas farmacéuticas grandes especuladores. Es innegable que hay arrestos de comunitarismo, de asistencia, de colaboración de los lazos territoriales próximos, pero también es cierto que eso es una pequeña parte, un pequeño esfuerzo en un mar de individualistas cuya máxima expresión reside en los titulares de los grandes grupos económicos y termina en el ciudadano que se lleva de una farmacia doce botellas de alcohol en gel.

Hay elitismo, hay clasismo, también hay racismo y xenofobia. Lo hubo siempre, pero se han potenciado por el peor de todos los defectos, el individualismo, ese individualismo negativo, como diría Castel, que ha moldeado el neoliberalismo y que, como también afirma el intelectual ruso Aleksandr Dugin, es el último paso previo antes del triunfo total del capitalismo: la destrucción del sujeto colectivo. Los titulares de los diarios de algunos países europeos titulan: “es inminente el estallido social”. Y es tan cierto como la Pandemia. La sociedad se encuentra en un frágil punto en el que –como ocurrió con Argentina con la crisis del 2001- se corre el riesgo de una irremediable fractura social, y los Estados neoliberales en su mayoría se encuentran muy ocupados pensando en cómo continuar con su economía o como sacar rédito político y económico a la situación.

La inseguridad social y el fracaso de la sociedad salarial

Como había trabajado en reflexiones anteriores, la pandemia ha derribado todas las neodeidades que regulaban la vida de la sociedad. Para sumarle a este quiebre de las lógicas de producción y consumo, un Estado Neoliberal que ya había desarticulado el goce universalista de beneficios y derechos para convertirlos en cesiones particularistas y paliativas ahora ve, ante la paralización del planeta, cómo sus dispositivos comienzan a disgregarse. El coronavirus ha traído consigo una retracción de las escasas protecciones que la posesión del trabajo aún retenía: la misma subsistencia. La sociedad ha visto una reacción en cadena en la que ha caído todo tipo de soporte, incluyendo incluso al trabajo.

La pandemia ha revitalizado la idea que Rifkin proponía en su libro, “El fin del trabajo”, esa transformación posmoderna del sentido del empleo, del cual se rescata la idea de que es necesario pensar otras formas de obtener ganancias. Al igual que como algunos intelectuales (Ranciere, por ejemplo) proponen que la democracia es algo falible y que es necesario modificarla; es también momento de pensar que el trabajo, el significado de trabajo per se es algo que también debe ser repensado. También Castel afirmaba en su libro “La inseguridad social” la necesidad de pensar en otras alternativas diferentes a las actuales. Quizás sea este un punto de inicio para trabajar en ese sentido, porque ha quedado demostrado que la sociedad salarial ha fracasado estrepitosamente. Jamás contribuyó a la equidad global (recordemos que el salario representaba prestaciones, pero…¿qué ocurre con el trabajador informal?) pero ahora también ha demostrado que incluso ese pacto social tampoco cumple siquiera con su premisa principal. En épocas de pandemia, ni siquiera el tener trabajo puede garantizar un salario, y eso es algo que queda en evidencia cada día con mayor intensidad, y puede verse en cualquier portal de noticias.

Y frente a la inseguridad social, ¿qué hacemos?

Es visible que la desarticulación del Estado Social ha provocado una serie de impactos que golpean en el cuerpo de la sociedad. Pero estos impactos trascienden al goce de derechos y prestaciones inherentes al trabajo, como antes referí. Han llegado a otro plano, caracterizado por ser un regreso a los imaginarios que ponen en el ojo de la discusión a los “extraños” como los responsables de todos los males.

Al igual que durante la “Primera Cuestión Social”, en esta “nueva” etapa, se busca dentro de los individuos a aquellos que puedan fungir como “chivos expiatorios”: así, los migrantes y los jóvenes de ahora se convierten en los “vagabundos” de entonces, trayendo a coloquio además algunas peligrosas discusiones tales como el racismo, la xenofobia y la desocialización de los colectivos como resultado de la competencia individual propuesta por el neoliberalismo. En plena cuarentena, estos imaginarios vuelven a cobrar vigencia desde todos los rincones del planeta: todos podemos ser un chivo expiatorio. Partiendo de la misma idea de nombrarlo “El virus chino”, o ya sea por el desabastecimiento, el colapso del sistema de salud, aquellos que violan la cuarentena, los que trabajan y los que no, tal o cual gobierno, todo individuo o institución se vuelve un blanco al momento de disparar las culpas. Pero hoy, lo cual representa un salto cualitativo para la humanidad, por primera vez ese chivo expiatorio, esa búsqueda de responsables, se ha enfocado contra el mismo sistema.

Una posible alternativa para la compleja situación por la que las sociedades transitan en la actualidad: al igual que Daniel Arroyo lo hizo al analizar la sociedad argentina y las políticas sociales de primera y segunda generación; aquí Castel propone como algo impostergable que las protecciones sean tan “flexibles” como la dinámica misma del modelo económico: no se puede pensar en políticas sociales genéricas sino que es necesario administrar y evaluar los distintos derechos y garantías que brinda el Estado centrándose en uno en particular, caracterizado por las protecciones sobre el trabajo -tal como ocurrió durante el Estado Social- pero pensando en un trabajador cuyo recorrido profesional ya no es lineal y cuya función dentro del trabajo ya no esté determinada, tal como ocurría en las sociedades industriales fordistas. Incluso es necesario pensar en un trabajador que no se alinee con ninguna forma laboral formal. Todo trabajo, sea formal o informal, virtual o presencial, debería obtener a cambio un mínimo de prestaciones que tiendan a reducir esa inseguridad social que predomina desde la década del 70. Hoy por hoy, con estas particularidades acentuadas por un contexto en el cual siquiera se puede transitar por la calle sin permiso y gran parte de la población se ve impedida de trabajar –e impedida en consecuencia de obtener una subsistencia mínima, las apreciaciones de Castel se vuelven no sólo vigentes, sino de impostergable reflexión y aplicación.

¿El retorno del proletariado?

Apenas ha bastado un virus para demostrar que doscientos años de desarrollo tecnológico se desmoronan como un castillo de naipes. De nada sirve enviar una sonda a los confines del universo si los problemas domésticos no pueden resolverse cuando existe una emergencia global. El bienestar ha demostrado ser, al fin y al cabo, un mero reparto entre pocos que solo ha profundizado las brechas globales, regionales y locales, y una situación como la actual no hace más que reforzarlo. Se habla del teletrabajo, del home office, de los servicios esenciales y de las patologías de riesgo. De quedarse en sus casas, de reducciones de salario o de pago en cuotas. Pero existe una porción de la población que parece desaparecer bajo la alfombra del neoliberalismo.

¿Qué ocurre con las clases bajas? ¿qué ocurre con esa pobreza estructural con la que cuentan la mayoría de los países? Robert Castel hablaba de la propiedad social, un elemento garantizado por el Estado Social como respuesta a los contextos anteriores en los que únicamente la propiedad privada era reflejo de un bienestar mínimo. El trabajador, aquel industrial que subsistía al día y que en caso de enfermedad no cobraba o era despedido, carecía de toda propiedad. Sin embargo, con la llegada de estos mecanismos de redistribución, el trabajador accedía a una propiedad, entendida como el goce de derechos inherentes al trabajo en sí: el ciudadano (otro concepto a desarrollar profundamente) adquiere la propiedad de los derechos sociales.

Pero Bob Dylan ya lo alertó. Los tiempos han cambiado, el ideal liberal regresó, reformado, a manejar la dinámica global, aunque algunas cuestiones no han mutado, sino que se han profundizado. La precarización y la flexibilización laboral en convergencia con la desregulación de los trabajos y del Estado Social han empujado a la sociedad unas cuantas décadas hacia atrás. En un contexto en el cual los trabajadores ven en duda su situación laboral y salarial frente a esta Pandemia, ¿qué puede esperar alguien a quien el mercado lo expulsó al trabajo informal? ¿a qué elementos sanitarios puede acceder alguien a quien la crisis le quitó la posibilidad de ganarse el pan cada día? Y acá ampliamos el rango más allá de la pobreza estructural. Vemos en los medios los casos de trabajadores informales que de un día para el otro ven eliminado su ingreso diario. ¿Cómo subsisten en un contexto en el cual su informalidad se ha vuelto informal? Ha aparecido, en muchos casos, esta bondad de dos caras denominada capitalismo filantrópico, en la cual los grandes empresarios explotadores de su mano de obra copan los titulares de los portales web con pomposos anuncios. Fortunas (no personas) de miles de millones de dólares que donan cien mil. Quinientos mil. Dos mil, como en un caso vernáculo, que apuntan más a una exención del impuesto a las ganancias que a una cesión de origen. Cumplir con un compromiso que su status le exige, aunque no a cuenta de que sus beneficiarios saquen la cabeza fuera del agua, sino apenas darles un sorbete. La antigua filantropía de las damas de la alta alcurnia en épocas de transición entre la Cuestión Social y el Estado Social ha vuelto.

Pero es tal la precarización laboral y la exclusión, es tan profunda que aún por millonaria que sea la donación, resulta insuficiente. Es necesario entender que la pandemia ha congelado las economías pero que la vida de sus habitantes continúa, y que a aquellos carentes de una asistencia tendiente a la inclusión se le suman los nuevos excluidos, los expulsados del sistema por este contexto. Los Estados han reaccionado, pero es entendible que la reacción sea a destiempo e insuficiente. Es tarde para voltear la pirámide social construida por el neoliberalismo. Este contexto es la instancia en la cual la vulnerabilidad social se transforma en desafiliación, en la ruptura de los soportes estructurales del individuo al punto tal que ni siquiera los lazos de proximidad lo pueden sostener, porque es exclusión, informalidad y aislamiento. La única opción es el trabajo, pero no está disponible. Es el regreso del proletariado quizás no sea el término más adecuado. Los golpes que el Covid-19 está dando hacen tambalear la superestructura de un capitalismo que ve, sin poder remediarlo, el crecimiento exponencial de la masa marginal.

Quizás estemos frente a la profundización de una “antigua” nueva Cuestión Social  que jamás ha podido ser solucionada. Pero, frente a esta situación límite, es necesario pensar, con urgencia, alternativas que reconstruyan el rol del Estado y el de la Sociedad en aras de lo que el post-pandemia nos tenga preparados.

Créditos de las imágenes

Imagen 1: https://funcionlenguaje.com/index.php/en/sala-de-lectura/noticias/717-robert-castel-sociologia-del-trabajo.html

Imagen 2: https://www.agenciapi.co/galeria/coronavirus-llega-al-arte-callejero

Imagen 3: http://mexicosocial.org/pandemia-pobreza-desarrollo/

Imagen 4: https://www.lavanguardia.com/internacional/20200331/48198404022/italia-coronavirus-consecuencias-pobreza-mafia.html

Imagen 5: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-52446193


* Licenciado en Enseñanza de las Ciencias Sociales con orientación en Didáctica de la Geografía por la Universidad Nacional de San Martín. Profesor de Geografía por el Instituto Superior del Profesorado “Dr. Joaquín V. González”, con especializaciones en Geografía de África y Oceanía, Geografía de Asia y Geografía de la República Argentina – Procesos Sociales y Económicos.
Docente en nivel medio, en formación docente por el Instituto Superior del Profesorado “Dr. Joaquín V. González” y a nivel superior por la Universidad Autónoma de Entre Ríos. Actualmente en proceso de elaboración de tesis final de la Maestría en Sociología Política Internacional por la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Creador de Un espacio Geográfico

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En Instagram: @un.espacio.geografico

Página académica: https://fhaycs-uader.academia.edu/RodrigoJavierDias

Correo electrónico: rjdias082@gmail.com

Derecho a migrar… y a permanecer.

Debemos comenzar a preocuparnos no solo del que llega a nuestros territorios, el cual nos interpela constantemente como sociedad, sino que, debemos empezar a inquietarnos sobre aquellos están sufriendo escenarios de violencia en las sociedades de origen, aquellos que aún no se transforman en migrantes, pero prontamente serán parte del circuito de movilidades.
Por Pedro Palma Calorio

Durante la pandemia, la prensa ha esbozado el discurso; “la crisis vino a destapar una desigualdad que no era tan visible a los ojos institucionales”, y de que existe una población sobre todo migrante en condiciones de extrema precarización.  Pero esto no hace justicia sobre investigadores que desde décadas han puesto en el tapete no solo el tema migrante como fenómeno que modifica barrios y poblaciones, sino que, existe una pobreza estructural que va más allá de la “nacionalidad” que se ha ido construyendo, produciendo y reproduciendo espacialmente, y la cual tiene larga data.

Los últimos sucesos, ocurridos con colectivos migrantes, a raíz de la pandemia, dejan en la palestra las acciones y omisiones institucionales, las cuales se presentan en dos escalas, tanto a nivel local y como a nivel central.

A nivel local, los gobiernos (municipios principalmente) utilizan el discurso migrante, ya sea de inclusión (sello migrante) o de exclusión, (nuevo racismo[1]) como parte del enfoque que se le da a las políticas, y estas no han solucionado los problemas de vivienda, laborales, educación y sociales de estos colectivos que se expresan a nivel territorial (espacio – sociedad), más allá de los típicos programas sociales que se disponen, y que como se ha evidenciando en diversas investigaciones, solo acrecientan los conflictos socioespaciales, en barrios estructuralmente pobres, ya que tensionan la relación entre sujetos[2]. Pero esta crítica seguiría siendo inapropiada o inconclusa, si no logramos entender además la geografía institucional, que parte desde las más altas instituciones y que moldea el devenir de los cuerpos en estas áreas relegadas.

El reprochamiento que se puede hacer a los municipios, debe de ir de la mano, con el entendimiento de cuáles son sus potestades, recursos, y descoordinaciones que estos tienen para dar soluciones certeras, sumado a las voluntades políticas, en cuestión, las cuales son miopes a nivel territorial. Por esto, una de las propuestas, respecto al abandono que vive la población migrante y nacional en barrios y poblaciones, tienen que ver con 1) mayor facultad y recursos a los gobiernos locales para sus intervenciones para estos colectivos, 2) pensar soluciones de forma territorial y en corto, mediano y largo plazo, 3) mayor despliegue territorial, 4) profesionalización de las intervenciones, 5) construcción de un ambiente institucional acorde a los planes, programas y proyectos que se ejecuten, los cuales no deben estas supeditados a tiempos políticos, y 6) coordinación entre los distintos niveles de acción institucional.

Por otra parte, se encuentran el nivel central, desafío mayor, tomando en consideración que su operatoria esta cruzada por ideologías de pseudo “inclusión” y “exclusión directa” hacia los migrantes. Operatoria, que desde mi experiencia carece claramente del contenido territorial de las problemáticas que son levantadas a nivel local. La manera de accionar del nivel central muestra una clara descoordinación entre sus organismos (órganos de la administración del Estado), descoordinación entre estos con instituciones locales, etc., lo cual tiene un correlato en el territorio, construyendo geografías institucionales de despojo, es decir, mientras algunas áreas evidencian una sobre intervención desprolija, por otro lado, existen espacios vacíos, carentes de presencia institucional, lo cual me hace preguntarme si corresponden a ¿decisiones azarosas o planificadas? al parecer la decisión de involucrarse o no está correlacionado con los réditos políticos, estudios que abordan la geografía institucional y radical han dicho  que son decisiones totalmente racionales y concertadas que se ajustan a las necesidades políticas.

De acuerdo a los tratados internacionales, la obligación de los Estados es de garantizar el cuidado de los habitantes de sus territorios, desde un enfoque de derechos humanos. En este sentido, se sigue buscando que las instituciones velen en sus diferentes escalas por la población más vulnerable, desde un enfoque amplio e integral, es decir, desde el derecho a migrar, al habitar, a la vivienda, etc. Pero en esta ecuación siempre falta un promover un derecho que no está siendo evidenciado, y este tiene que ver con el derecho a no sufrir nunca más algún tipo de violencia estructural  (la cual se concatena con otros tipos de violencia que llega a la escala micro) o, más profundo aún, a no sufrir lo que se conoce como “violencia lenta”[3], que es la que ocurre gradualmente y fuera de la vista, corresponde a una violencia de destrucción tardía que se dispersa en el tiempo y espacio es también una violencia de desgaste, y que generalmente no se ve como violencia en absoluto. Es una violencia generada por el colonialismo y capitalismo, percibida por los cuerpos migrantes, y que también los obliga a salir de sus sociedades de origen.   Debemos comenzar a preocuparnos no solo del que llega a nuestros territorios, el cual nos interpela constantemente como sociedad, sino que, debemos empezar a inquietarnos sobre aquellos están sufriendo escenarios de violencia en las sociedades de origen, aquellos que aún no se transforman en migrantes, pero prontamente serán parte del circuito de movilidades. En tal sentido, no solo debemos proteger el derecho a migrar, sino que también debemos ser capaces de fomentar el derecho a permanecer.


[1] El nuevo racismo hace referencia aquel mecanismo encubierto, latente, que se adapta al control social y que se oculta bajo modernas formas de expresión lingüística, creencias y actitudes, y cimienta una nueva marginalidad en espacios tradicionales de exclusión (Bonilla-Silva, E. 2010. Racism without racists. Color-blind Racism and the Persistence of Racial Inequality in the United States. Rowman & Littlefield, pp. 301)

[2] Para mayor detalle sobre esta afirmación, revisar Inmigración, instituciones locales y conflictos socioespaciales: El caso de la población Lo Hermida en Peñalolén, en Revista Latinoamericana de Comunicación, CHASQUI, (Palma & Ruiz-Tagle. 2018). https://revistachasqui.org/index.php/chasqui/article/view/3573

[3] Nixon, Rob (2011), Slow Violence and the Environmentalism of the Poor. Cambridge, MA/London, England: Harvard University Press, 353 pp.

Jones, Naya. 2019. “Dying to Eat? Black Food Geographies of Slow Violence and Resilience”. ACME: An International Journal for Critical Geographies 18 (5), 1076-99. https://acme-journal.org/index.php/acme/article/view/1683.

 

 

comunicado: LA CIUDAD Y LOS DESAFÍOS FRENTE AL COVID-19

La actual crisis global del Covid-19 comienza a golpear a Latinoamérica con un pronóstico preocupante, exhibiendo la precariedad social y sanitaria a la que nos expone la privatización de las funciones básicas del Estado en casi 50 años de neoliberalismo originado en Chile. En el país, la pandemia paralizó 5 meses de una agitación política-social centrada en cuestionar nuestro modo de hacer las cosas, nos opusimos férreamente a la excesiva orientación del mercado en torno a la salud, pensiones, educación, transportes, vivienda, y ahora aflora mucho más que antes el problema de nuestras ciudades y entornos residenciales como factores de riesgo de contagio. 

Ante una inminente discusión que replanteará nuestra forma de concebir el funcionamiento y calidad de nuestras ciudades y viviendas en Chile y en el mundo, es importante entender que tanto el Estallido Social como la actual pandemia global han puesto de manifiesto la necesidad de superar el mito del mercado como el más eficiente distribuidor de los recursos urbanos-territoriales, sobre todo en torno al suelo y vivienda, cuyos mercados fuertemente competitivos derivan en adoptar lógicas especulativas y de rentabilidad económica en vez de satisfacer necesidades sociales básicas, provocando realidades sociales muy desiguales y hasta opuestas en un mismo territorio. 

Como ONG comprometida con el cambio social, pensamos que una forma de avanzar hacia el mejoramiento general de las condiciones de vida en los territorios, y por ende mejorar los estándares sanitarios frente a futuras catástrofes como esta, pasa por la obligación de fortalecer a los Gobiernos Locales respecto al resguardo de determinados recursos para la satisfacción de necesidades sociales. En este sentido, el derecho a la ciudad y una vivienda digna claman por la consagración de su rol social, en base a la descentralización y desconcentración de las actividades humanas, permitiendo avanzar hacia una cotidianidad a escala humana involucrada con la participación directa en las decisiones que afecta nuestros entornos vitales, regenerando las relaciones sociales y con la naturaleza. 

ONG Observatorio Ciudades Integradas al Territorio

18 de Abril de 2020

Espacios de debate ciudadano: La importancia de la sede social y la validación de los espacios virtuales

Por: Daniela Berríos Söhrens – Geógrafa Uch, Presidenta Fundación Geocultura.

En mi experiencia como vecina activa de mi comunidad, he notado la constante discusión sobre cuáles son los canales válidos de debate, crítica e intercambio de ideas dentro de las comunidades y los temas ciudadanos en general. En este sentido, es de suponer que el canal más validado para la discusión y el debate de una comunidad es la reunión, y en el caso de organizaciones legalmente constituidas, la asamblea. En mi opinión, el valor fundamental que debiera primar en estos espacios físicos es el carácter de “público”, y la transparencia tanto en el debate como en el mecanismo de toma de decisiones. La idea es generar un espacio de confianza e incluso también de pertenencia entre todos los participantes activos de la organizaciones o comunidades. Esto presume la importancia social del espacio y que este no deba ser carácter privado, como por ejemplo casas de dirigentes sociales, ya que es de suponer que en algunos casos el propietario del espacio de reunión puede ejercer presiones inconscientes o tácitas a quienes participan de las organizaciones. A mi parecer, esta es una de las principales razones por las cuales las comunidades deben contar con una sede social que pueda ser usada por las diferentes organizaciones sociales del territorio.

Sin embargo, la sede social y las asambleas no son el único lugar ni instancia de intercambio y debate de ideas comunitarias. Ya todos vimos como luego del estallido social del 18 de octubre 2019, los chilenos se juntaron en cabildos autoconvocados en las plazas y parques de sus barrios, lo que sin duda comenzó a fortalecer el desgastado y “tímido” tejido social que nos caracterizó como país después de la Dictadura. Asi mismo, en la era actual y debido a los estilos de vida en la ciudad globalizada, se ha visto dificultada la concurrencia vecinal constante a un lugar de debate público, por lo que la aparición de las nuevas tecnologías y principalmente la existencia de las redes sociales han generados nuevos espacios de debate comunitario virtuales.

Es precisamente sobre el uso de estos nuevos espacios virtuales donde se producen diferencias en las comunidades. Por una parte, muchos piensan que es necesario que el debate se realice sólo en los espacios físicos mediante reuniones y asambleas, y que las diferencias o críticas a las dirigencias se deben hacer de forma personal y discreta por el bien de la imagen de las organizaciones. Por otra parte, existen quienes ven como espacios válidos de debates las redes sociales o espacios virtuales comunitarios como grupos de whatsapp, y que piensan que no debiera haber problema ni miedo a la crítica pública mientras sea constructiva y respetuosa. En lo personal creo que el debate y las críticas deben ser públicas y conocidas por todos los miembros de la comunidad, sin importar si el espacio donde suceden sea físico o virtual. En términos generales, a mi parecer, la transparencia tanto en los conflictos, debates, críticas y momento de toma de decisiones se hace cada vez más fundamental para generar participación ciudadana efectiva, así como ciudadanos empoderados más allá de los dirigentes sociales que suelen acaparar los espacios de opinión y que muchas veces suelen responder a la agenda de sus partidos políticos y no necesariamente a la de su comunidad y/o territorio.

Cabe mencionar que son los dirigentes y ciudadanos más jóvenes los que normalmente están a favor de abrir y validar los espacios virtuales de debate, esto sugiere también diferencias generacionales sobre las nociones y el imaginario de los límites de la “polis” contemporánea. Para muchos, el espacio virtual y principalmente las redes sociales, ya generan “plazas públicas”[1] donde los ciudadanos producen debate e intercambio de ideas. Sin embargo y lamentablemente, las redes sociales también se han convertido en espacios de odiosidad y de desinformación, debido que es fácil guardar el anonimato y protegerse detrás de la pantalla. Esto hace necesario que en los espacios virtuales de debate comunitario se establezcan parámetros de respeto y de identificación de los participantes que impliquen cierta responsabilidad en las opiniones vertidas.

Finalmente, desde el ámbito de la filosofía política el facilitar el acto de “hablar” es también facilitar la acción ciudadana, no solo porque el hablar (opinar) sea una acción política, sino porque esta libertad de habla consiste también en dar lugar a la espontaneidad, concepto que desde Kant se basa en que cualquier individuo es capaz de comenzar una nueva serie o acción de cambio a partir de su opinión espontánea.


[1] Uno de los creadores de Twitter, Jack Dorsey, ha comentado en varias entrevistas que su premisa para generar esta red social era crear una plaza pública virtual para el debate social.

Las Ruralidades: algunas pistas para cuestionar el modelo.

A través de la marcha de campesinos y campesinas en Paillaco se visibilizan muchas problemáticas, que dada la masividad que han tenido las manifestaciones en las ciudades pareciera que lo rural pierde importancia o pasa a un segundo plano. Sin embargo, quizás a la luz de cambio de modelo que ha manifestado la ciudadanía desde el 18 de octubre, pareciera ser que el mundo campesino siempre nos ha dado luces o pistas del desarrollo que deberíamos apuntar a construir.

Por Natalia Vernal Hurtado

El día 27 de noviembre agricultores y agricultoras de la ciudad de Paillaco, Región de los Ríos, se encontraron en la plaza central del pueblo junto con sus animales e instrumentos de trabajo en apoyo a las demandas sociales consignadas desde el estallido social, haciendo énfasis en los problemas que más afectan sus modos de vida y mostrándonos que lo rural, aunque pareciera ser muchas veces invisibilizado por las demandas y concentraciones urbanas, está ahí y tiene mucho que decir. La consigna de la marcha era: ¡Por la dignidad del campesinado paillaquino y chileno, a no bajar los brazos! ¡No al TPP-11! 

Hoy en día, según datos del Censo 2017, la población rural alcanza a 2.149.469 personas, lo que representa el 12,2% del total, al mismo tiempo ocupa el 80% del territorio nacional1. ¿Cuál es la importancia de lo rural? Pareciera que simbólicamente Chile se ha construido a partir de lo rural, la mayoría de nuestro patrimonio institucionalizado que fundamentan las bases de nuestro imaginario Estado-Nación provienen de lo rural, como, por ejemplo, bailes y juegos típicos, comidas, los paisajes usados en turismo, así como nuestros recursos primarios son pertenecientes a lo rural. Sin embargo, a la luz de lo simbólico, pareciera que están deshabitados, o que nadie tiene apropiación sobre esos territorios ni menos poder de decisión sobre ellos, son una fotografía del mismo lugar de hace 100 o 50 años atrás.  

La ruralidad también es absorbida por la dimensión productiva, relacionada con la explotación de la minería, la agricultura, la pesca industrial, la plantación forestal, industrias que han depredado los territorios libremente y en las cuales no se ha considerado la participación de sus habitantes, generando una amplia gama de “externalidades”, que provocan esta dicotomía propia del capitalismo entre progreso y desarrollo. Sin embargo, lo rural va mucho más de su ámbito productivo o paisajístico, involucra una serie de modos de vida y de habitar el territorio que generalmente han sido dejadas de lado, de características muy diversas y complejas, con temporalidades diferentes. Es un territorio que a pesar de estas características extractivistas se nos presenta también con múltiples alternativas para la superación del sistema económico social cultural y político del país. 

En este mismo sentido, esta separación que se presenta entre lo rural y lo urbano también tiene que ser cuestionada. Primero, porque pareciera que todo lo que no es urbano, es rural, y esa masa extremadamente heterogénea que no cabe dentro de lo urbano lo calificamos de rural, manteniendo, de ese modo, esa asimetría de poder (de lo que no sabemos ni comprender ni distinguir) y por otro lado no pudiendo abarcar la diversidad de lo rural, impidiéndonos dialogar con todas las ruralidades presentes en nuestro territorio.

Segundo, porque esta facilidad de urbanizar muchos territorios a través de la extensión de los límites urbanos de las ciudades, que, en el contexto local, parecieran ser más bien líneas imaginarias que separan arbitrariamente lo urbano de lo rural (según Ley General de Urbanismo y Construcciones), no dando cuenta de características culturales, sociales y económicas de un territorio más diverso que sólo dos caracterizaciones. Incluso la misma OCDE, organización a la que Chile pertenece hace nueve años, propone una distinción, incluyendo otras categorías que permiten complejizar los territorios y dar una respuesta en política pública que se adecue más a cada una de sus necesidades. Este punto, debate viejo, ya fue incluido en la política nacional de desarrollo rural del año 2014, pero hasta la fecha los avances parecen insuficientes. Seguimos entendiendo lo rural como lo no urbano y al parecer, nada más. 

Por otra parte, en términos de indicadores de desarrollo y desigualdad lo rural siempre es el territorio más afectada: duplica los indicadores de pobreza de la CASEN2 con un 22,1%, cuando en lo urbano es de un 10,2%, del mismo modo con la pobreza extrema (7%). El acceso a servicios básicos es dramático: del casi 1.500.000 personas que no tienen acceso a estos servicios (agua y alcantarillado), por otra parte, siete de cada diez viviendas son de hogares rurales. Más aún, el 47,2% de viviendas rurales no tiene acceso a una red pública de agua3. Hablando de otros servicios, las limitaciones de las comunicaciones, no sólo de red de internet, también de señal abierta de televisión. Pareciera paradójico estar hablando de señal digital cuando hay sectores rurales extremos del país que jamás tuvieron acceso a lo análogo y . También en la construcción de vivienda, aunque existe el subsidio rural, muchas veces es difícil encontrar empresas que accedan a esos lugares y se hagan cargo de las construcciones, sumado a la escasa participación que tiene SERVIU como fiscalizador de cada proceso. En general se ha enfocado “el desarrollo” hacia nichos de mercado que seguramente abundan (demanda) olvidando que ese desarrollo sólo se conseguirá mediante el reconocimiento de la complejidad de lo territorial, los vínculos e interacciones entre los distintos territorios. Entendiendo que son distintos, las estrategias son distintas pero el desarrollo tiene que ser equitativo para todos ellos. 

A través de la marcha de campesinos y campesinas en Paillaco se visibilizan muchas problemáticas, que dada la masividad que han tenido las manifestaciones en las ciudades pareciera que lo rural pierde importancia o pasa a un segundo plano. Sin embargo, quizás a la luz de cambio de modelo que ha manifestado la ciudadanía desde el 18 de octubre, pareciera ser que el mundo campesino siempre nos ha dado luces o pistas del desarrollo que deberíamos apuntar a construir. Sin caer en la romantización del campesinado o lo rural, muchos movimientos de resistencia contra el mercado y el modelo económico, social y cultural que tenemos, han comenzado desde allí, de la defensa del agua en Petorca, la protección de las semillas y el desarrollo de las mujeres de ANAMURI, la resistencia contra la las grandes hidroeléctricas y sus líneas de transmisión de la Patagonia y el sur de Chile, por nombrar sólo algunos. Los cuales no fueron sólo un cuestionamiento a las formas de extracción-producción y consumo de recursos humanos y naturales que habitualmente tenemos como Estado, privados y también como ciudadanía, si no una respuesta a la amenaza directa que significó modificar sus modos de vida y su relación con la naturaleza.

¿No deberíamos también, entonces cuestionarnos el modo de vida urbano que es cuna, espacio de producción y reproducción del neoliberalismo globalizado? Quizás, sí partimos observando y construyendo desde allí, de esos espacios de resistencia, de lo local, también podamos alcanzar un desarrollo más equitativo para todos y todas. 

Santiago no es Ciudad Gótica solo por la basura

¿Has visto cómo es allá afuera, Murray? ¿Alguna vez dejas el estudio? Todos solo gritan y gritan el uno al otro. Ya nadie es civilizado. Nadie piensa cómo es ser el otro chico. ¿Crees que hombres como Thomas Wayne alguna vez piensan lo que es ser alguien como yo? ¿Ser alguien más que ellos mismos? Ellos no. ¡Piensan que nos sentaremos allí y lo tomaremos todo, como buenos niños! ¡Que no seremos hombres lobo y nos volveremos locos!

Por Gricel Labbé, Pedro Palma e Ignacio Arce

Recurrir a la geoficción como lo hace el geógrafo Alain Musset, “permite transgredir las reticencias institucionales y las fronteras académicas”[1], con el fin de comprender y acercar el análisis geohistórico de nuestras ciudades e instituciones a la esfera de lo masivo.

En este caso, el presente escrito mira el estallido social a través de su espacialidad, vinculándolo con dos películas icónicas del cine contemporáneo “El caballero de la noche” dirigida por Christopher Nolan del año 2008, y “El Joker” dirigida por Todd Phillips el año 2019.

La elección de ambas películas no es azarosa, más bien y como plantea Slavoj Zizek elevan “la mentira a un principio general social, al principio de organización de nuestra vida sociopolítica, como si nuestra sociedad y ciudades, pudieran parecer estables, y tuvieran la capacidad de funcionar solo en base a la mentira”[2]  (como si esta fuese verdad). Mientras que la verdad, encarnada en el Joker (o para nuestro caso el movimiento social) significa la distracción o desintegración del orden socioespacial establecido.

(…) Introduce un poco de anarquía, altera el orden establecido, y el mundo se volverá un caos. ¿Te digo algo sobre el caos? Es miedo. (El Joker en el caballero de la noche).

Hoy, 30 de noviembre de 2019 (y producto de un paro y movimiento nacional generalizado que abarca a la ciudadanía, funcionarios públicos, municipales y privados de todos los sectores productivos incluyendo al rubro de la basura) las ciudades chilenas se asemejan estrechamente a la ciudad Gótica (Gotham city) de Todd Phillips, la cual se encuentra inmersa en una crisis institucional generada por la injusticia social catalizada a través de la violencia a escala masiva.

Tal como en aquella imagen icónica que muestra un grafiti (tag) en el traje de Robin, compañero de Batman (signo del status quo y de los arreglos institucionales)[3], que dice “Ja, ja, tú eres el chiste, Batman” (Imagen 1), hoy las fachadas, plazas, estatuas y monumentos han sido rayados y/o sustituidos, demostrando así la poca pertenencia que existe hacia ellos, el nulo arraigo sobre los símbolos rigentes de una institucionalidad producida y reproducida por la élite política y empresarial.

De esta forma surgen del supuesto caos manifestaciones en los principales centros urbanos que posan la mirada sobre los distritos financieros donde confluye el poder político y económico, así como el control social, cultural y de los símbolos que adornan “nuestros” espacios públicos. Estas verdaderas revueltas buscan apropiarse de la ciudad a través de prefiguras subalternas, periféricas, e incluso tildados por algunos como marginales (tan marginal como el Joker) (Imagen 2).

Imagen 1. Traje de Robin en la Baticueva, visto en Batman y Superman
Imagen 2. Plaza Italia, Santiago, de Chile, recuperada de diario correo.

Acercándonos aún más a la urbe del Joker, tanto de Heath Ledger como de Joaquin Phoenix, podemos observar que la ciudad es una producción caótica y a la vez viva, definida por una ruptura social fulminante, cuyo símil a nuestra realidad se evidencia a partir de las contradicciones que el modelo neoliberal ha producido, la deslegitimación de la clase política-económica, la privatización al extremo de las funciones sociales del Estado, la precarización de los servicios urbanos (asemejando la crisis de los recolectores de la basura, en las imágenes 3 y 4), la individualización de la vida urbana y la exclusión de lo distinto, como corolario de la parálisis cultural que plantea la hegemonía del mercado en la vida humana.

Imagen 3: Joker corriendo por los bandejones de Gotham atestados de basura.
Imagen 4. Centro de Santiago en pleno estallido social.

Santiago, como tantas otras ciudades latinoamericanas no distan de estar ajenas a Gotham city. El cotidiano de sus habitantes presencian corrupción política, corrupción policial, crimen y segregación residencial reflejo de un Estado ambivalente[4].

Pero por qué establecemos que Ciudad Gótica podría ser en la actualidad cualquier capital latinoamericana.  La película ha sido capaz de leer la realidad de la sociedad occidental, la que se erige sobre un modelo que desecha a quienes son diferentes: los débiles, los viejos, los enfermos, los pobres. Que expulsa a lo distinto[5]. Se refleja a una sociedad enferma ética y moralmente, donde los ciudadanos con cacofobia se compadecen y condenan el caos, y de la misma forma hacen vista ciega a la violencia estructural ejercida diariamente, lo que se representa en el cese de las ayudas sociales, en los despidos injustificados o los lanzamientos a la calle. Fácil es recordar cuando Debra Kane (la trabajadora social) le dice a Arthur Fleck

“cerrarán la ayuda social (…) porque gente como nosotros no le importa al sistema”[6]

Pero ¿quién es el Joker? o mejor dicho ¿a quién representa el Joker en el contexto latinoamericano?  El Joker representa a cualquier ciudadano de la urbe, el Joker estuvo en el borde del precipicio y cayó (o mejor dicho se tiró). El resto de los ciudadanos aún están al borde, “basta solo un mal día para que ese ciudadano común se convierta en un nuevo Joker” (analogía a The killing Joke). Basta un alza del pasaje del metro para que la caldera explote por las fallas estructurales que le fisuran. La ciudad y la sociedad se encontraba hasta antes del estallido totalmente comprimida, tanto estructural como psicológicamente (fenómeno del burnout)[7]

(…) La locura como sabrás es igual que la gravedad solo necesitas un empujón. (Joker en el Caballero de la noche).

El Joker entonces representa lo contestatario, el querer cambiar las cosas desde la raíz podrida más profunda. El Joker va más allá de la reivindicación social, arrasa con todo y todos, asesina a quienes lo denostaron porque el contrato social en la ciudad se rompió o nunca existió. Una forma de nihilismo inusitado. Es la lucha de clases la que estalla en la cara a la élite político-económica de ciudad Gótica o de Santiago, pero no la de una clase obrera versus burguesa, distinción ya obsoleta, sino de un conglomerado de marginados y expulsados.

Sí el Joker representa a los ciudadanos conscientes ¿a quién representa Batman? Batman es una máscara de la civilidad que vela por el statu quo, es la representación de la clase política, aquella que desea mantenerse y reproducirse, la que tiñe sus discursos con el deber ser. Batman es la típica figura paterna que desea proteger, y tomar la justicia por sus manos, ya que nadie más puede hacerlo mejor que él. Es la imagen de aquellos agentes estructurados, de aquellos afincados en un partido político, el cual dícese representante y garante del orden socioespacial.

Si algo nos ha dejado el mundo cinematográfico y el análisis de la geo ficción, es el proyectar posibles futuros posibles para nuestras ciudades y sociedades. El destino de Santiago de Chile, al igual que de Ciudad Gótica, pareciera incierto en el costo plazo, aunque es posible predecir la prevalencia de una “caótica normalidad” que acompañará a nuestras ciudades.

El largo plazo es más oscuro aún. Por un lado, la figura del Joker significa el recrudecimiento del malestar social, la ruptura definitiva de la separación socioespacial que hemos provocado durante generaciones, hoy expresado en un arrojo excepcional hacia la protesta masiva. Por el otro lado, el Estado actuará con todas sus herramientas (legales e ilegales) para establecer el orden a través de la coacción, la “paz” como meta suprema sin importar el costo, la agudización de la vigilancia y el control, el asecho permanente de Batman quien trabaja para que el Estado aproveche esta ruptura social en favor del oscurantismo político en el que nos quieren sumergir.


[1] 1. Musset, Alain. (2018). Star Wars. Un ensayo urbano-galáctico. Editorial Bifurcaciones.

[2] 2. filósofo, sociólogo, psicoanalista y crítico cultural esloveno. Crítica al caballero de la noche, en el siguiente enlace https://www.youtube.com/watch?v=BRBsvyK_w9o

[3] 3. Película Batman v/s Superman:Dawn of justice dirigida por Zack Snyder el año 2016

[4] 4. Auyero, Javier, y Sobering, Katherine. The Ambivalent State. (2019). The Ambivalent State: Police-Criminal Collusion at the Urban Margins. Oxford University Press.

[5] 5. Han, Byung-Chul. (2017). La expulsión de lo distinto. Editorial Herder.

[6] 6. Para comprender esto se debe recurrir a los debates actuales en Latinoamérica respecto a la desigualdad económica, la segregación socioeconómica en las ciudades, la injusta distribución de la riqueza, la retracción del Estado o la ausencia de un Estado Benefactor, la desintegración del tejido social y el soporte barrial a las comunidades, como también la pérdida de la adscripción a una clase social.

[7] 7. Han, Byung-Chul. (2012). La sociedad del cansancio, Editorial Herder.

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