Santiago no es Ciudad Gótica solo por la basura

¿Has visto cómo es allá afuera, Murray? ¿Alguna vez dejas el estudio? Todos solo gritan y gritan el uno al otro. Ya nadie es civilizado. Nadie piensa cómo es ser el otro chico. ¿Crees que hombres como Thomas Wayne alguna vez piensan lo que es ser alguien como yo? ¿Ser alguien más que ellos mismos? Ellos no. ¡Piensan que nos sentaremos allí y lo tomaremos todo, como buenos niños! ¡Que no seremos hombres lobo y nos volveremos locos!

Por Gricel Labbé, Pedro Palma e Ignacio Arce

Recurrir a la geoficción como lo hace el geógrafo Alain Musset, “permite transgredir las reticencias institucionales y las fronteras académicas”[1], con el fin de comprender y acercar el análisis geohistórico de nuestras ciudades e instituciones a la esfera de lo masivo.

En este caso, el presente escrito mira el estallido social a través de su espacialidad, vinculándolo con dos películas icónicas del cine contemporáneo “El caballero de la noche” dirigida por Christopher Nolan del año 2008, y “El Joker” dirigida por Todd Phillips el año 2019.

La elección de ambas películas no es azarosa, más bien y como plantea Slavoj Zizek elevan “la mentira a un principio general social, al principio de organización de nuestra vida sociopolítica, como si nuestra sociedad y ciudades, pudieran parecer estables, y tuvieran la capacidad de funcionar solo en base a la mentira”[2]  (como si esta fuese verdad). Mientras que la verdad, encarnada en el Joker (o para nuestro caso el movimiento social) significa la distracción o desintegración del orden socioespacial establecido.

(…) Introduce un poco de anarquía, altera el orden establecido, y el mundo se volverá un caos. ¿Te digo algo sobre el caos? Es miedo. (El Joker en el caballero de la noche).

Hoy, 30 de noviembre de 2019 (y producto de un paro y movimiento nacional generalizado que abarca a la ciudadanía, funcionarios públicos, municipales y privados de todos los sectores productivos incluyendo al rubro de la basura) las ciudades chilenas se asemejan estrechamente a la ciudad Gótica (Gotham city) de Todd Phillips, la cual se encuentra inmersa en una crisis institucional generada por la injusticia social catalizada a través de la violencia a escala masiva.

Tal como en aquella imagen icónica que muestra un grafiti (tag) en el traje de Robin, compañero de Batman (signo del status quo y de los arreglos institucionales)[3], que dice “Ja, ja, tú eres el chiste, Batman” (Imagen 1), hoy las fachadas, plazas, estatuas y monumentos han sido rayados y/o sustituidos, demostrando así la poca pertenencia que existe hacia ellos, el nulo arraigo sobre los símbolos rigentes de una institucionalidad producida y reproducida por la élite política y empresarial.

De esta forma surgen del supuesto caos manifestaciones en los principales centros urbanos que posan la mirada sobre los distritos financieros donde confluye el poder político y económico, así como el control social, cultural y de los símbolos que adornan “nuestros” espacios públicos. Estas verdaderas revueltas buscan apropiarse de la ciudad a través de prefiguras subalternas, periféricas, e incluso tildados por algunos como marginales (tan marginal como el Joker) (Imagen 2).

Imagen 1. Traje de Robin en la Baticueva, visto en Batman y Superman
Imagen 2. Plaza Italia, Santiago, de Chile, recuperada de diario correo.

Acercándonos aún más a la urbe del Joker, tanto de Heath Ledger como de Joaquin Phoenix, podemos observar que la ciudad es una producción caótica y a la vez viva, definida por una ruptura social fulminante, cuyo símil a nuestra realidad se evidencia a partir de las contradicciones que el modelo neoliberal ha producido, la deslegitimación de la clase política-económica, la privatización al extremo de las funciones sociales del Estado, la precarización de los servicios urbanos (asemejando la crisis de los recolectores de la basura, en las imágenes 3 y 4), la individualización de la vida urbana y la exclusión de lo distinto, como corolario de la parálisis cultural que plantea la hegemonía del mercado en la vida humana.

Imagen 3: Joker corriendo por los bandejones de Gotham atestados de basura.
Imagen 4. Centro de Santiago en pleno estallido social.

Santiago, como tantas otras ciudades latinoamericanas no distan de estar ajenas a Gotham city. El cotidiano de sus habitantes presencian corrupción política, corrupción policial, crimen y segregación residencial reflejo de un Estado ambivalente[4].

Pero por qué establecemos que Ciudad Gótica podría ser en la actualidad cualquier capital latinoamericana.  La película ha sido capaz de leer la realidad de la sociedad occidental, la que se erige sobre un modelo que desecha a quienes son diferentes: los débiles, los viejos, los enfermos, los pobres. Que expulsa a lo distinto[5]. Se refleja a una sociedad enferma ética y moralmente, donde los ciudadanos con cacofobia se compadecen y condenan el caos, y de la misma forma hacen vista ciega a la violencia estructural ejercida diariamente, lo que se representa en el cese de las ayudas sociales, en los despidos injustificados o los lanzamientos a la calle. Fácil es recordar cuando Debra Kane (la trabajadora social) le dice a Arthur Fleck

“cerrarán la ayuda social (…) porque gente como nosotros no le importa al sistema”[6]

Pero ¿quién es el Joker? o mejor dicho ¿a quién representa el Joker en el contexto latinoamericano?  El Joker representa a cualquier ciudadano de la urbe, el Joker estuvo en el borde del precipicio y cayó (o mejor dicho se tiró). El resto de los ciudadanos aún están al borde, “basta solo un mal día para que ese ciudadano común se convierta en un nuevo Joker” (analogía a The killing Joke). Basta un alza del pasaje del metro para que la caldera explote por las fallas estructurales que le fisuran. La ciudad y la sociedad se encontraba hasta antes del estallido totalmente comprimida, tanto estructural como psicológicamente (fenómeno del burnout)[7]

(…) La locura como sabrás es igual que la gravedad solo necesitas un empujón. (Joker en el Caballero de la noche).

El Joker entonces representa lo contestatario, el querer cambiar las cosas desde la raíz podrida más profunda. El Joker va más allá de la reivindicación social, arrasa con todo y todos, asesina a quienes lo denostaron porque el contrato social en la ciudad se rompió o nunca existió. Una forma de nihilismo inusitado. Es la lucha de clases la que estalla en la cara a la élite político-económica de ciudad Gótica o de Santiago, pero no la de una clase obrera versus burguesa, distinción ya obsoleta, sino de un conglomerado de marginados y expulsados.

Sí el Joker representa a los ciudadanos conscientes ¿a quién representa Batman? Batman es una máscara de la civilidad que vela por el statu quo, es la representación de la clase política, aquella que desea mantenerse y reproducirse, la que tiñe sus discursos con el deber ser. Batman es la típica figura paterna que desea proteger, y tomar la justicia por sus manos, ya que nadie más puede hacerlo mejor que él. Es la imagen de aquellos agentes estructurados, de aquellos afincados en un partido político, el cual dícese representante y garante del orden socioespacial.

Si algo nos ha dejado el mundo cinematográfico y el análisis de la geo ficción, es el proyectar posibles futuros posibles para nuestras ciudades y sociedades. El destino de Santiago de Chile, al igual que de Ciudad Gótica, pareciera incierto en el costo plazo, aunque es posible predecir la prevalencia de una “caótica normalidad” que acompañará a nuestras ciudades.

El largo plazo es más oscuro aún. Por un lado, la figura del Joker significa el recrudecimiento del malestar social, la ruptura definitiva de la separación socioespacial que hemos provocado durante generaciones, hoy expresado en un arrojo excepcional hacia la protesta masiva. Por el otro lado, el Estado actuará con todas sus herramientas (legales e ilegales) para establecer el orden a través de la coacción, la “paz” como meta suprema sin importar el costo, la agudización de la vigilancia y el control, el asecho permanente de Batman quien trabaja para que el Estado aproveche esta ruptura social en favor del oscurantismo político en el que nos quieren sumergir.


[1] 1. Musset, Alain. (2018). Star Wars. Un ensayo urbano-galáctico. Editorial Bifurcaciones.

[2] 2. filósofo, sociólogo, psicoanalista y crítico cultural esloveno. Crítica al caballero de la noche, en el siguiente enlace https://www.youtube.com/watch?v=BRBsvyK_w9o

[3] 3. Película Batman v/s Superman:Dawn of justice dirigida por Zack Snyder el año 2016

[4] 4. Auyero, Javier, y Sobering, Katherine. The Ambivalent State. (2019). The Ambivalent State: Police-Criminal Collusion at the Urban Margins. Oxford University Press.

[5] 5. Han, Byung-Chul. (2017). La expulsión de lo distinto. Editorial Herder.

[6] 6. Para comprender esto se debe recurrir a los debates actuales en Latinoamérica respecto a la desigualdad económica, la segregación socioeconómica en las ciudades, la injusta distribución de la riqueza, la retracción del Estado o la ausencia de un Estado Benefactor, la desintegración del tejido social y el soporte barrial a las comunidades, como también la pérdida de la adscripción a una clase social.

[7] 7. Han, Byung-Chul. (2012). La sociedad del cansancio, Editorial Herder.

Arquitectura de la protesta y dinámicas del paisaje urbano: Blindajes temporales para protección de locales comerciales en Santiago.

Los cambios dinámicos asociados a una coyuntura de protesta consolidaron en Santiago un nuevo paisaje urbano, que refleja de forma sintomática el descontento de la población frente a una serie de injusticias sociales, en las que radica la inequidad económica.

Por Daniel Escobar Carrillo*

El pasado 18 de octubre del 2019, estalló en Chile el descontento ciudadano. Uno de los detonantes de la ola de protestas que ha continuado por más de cinco semanas fue el alza del pasaje de la red de metro, el que alcanzó un valor de $1,17 dólares, convirtiéndolo en el pasaje más caro de Latinoamérica (The Guardian, 2019).

Actualmente, en concordancia con el “desenfreno” de las movilizaciones sociales, una gran cantidad de las sucursales bancarias, tiendas comerciales, entre otros, han sufrido daños materiales, tanto estéticos como funcionales, sobre todo en lo que respecta a las fachadas de las edificaciones. Es así como algunos de estos síntomas del movimiento social se ven materializados en grafitis o afiches, mientras que los más brutales en la destrucción de vidrios, ruptura de cortinas metálicas y hasta fuego en la totalidad de los locales, despojándolos de su funcionamiento cotidiano.

Fotografía 1: Farmacia ahumada saqueada. Fotografía: autor 

Una de las medidas de mitigación que han tomado una serie de propietarios e instituciones es la protección de las fachadas del inmueble ante eventuales saqueos, mediante la fabricación de una “fachada parche” o “blindaje temporal”. Estas fachadas están construidas -en su gran mayoría- a partir de cuatro tipos de materiales: planchas galvanizadas lisas, OSB, planchas de zinc y planchas de acero carbonizado.

Tipos de blindajes temporales

El tratamiento más común y económico consiste en el cerramiento de vitrinas y ventanas mediante la instalación de una serie de planchas galvanizadas lisas, las que poseen un valor de mercado de $5.000 (6,38 USD). Otro de los blindajes más comunes es la colocación ordenada de una serie de paneles estructurales de OSB (oriented strand board, o tablero de filamentos orientados), que tienen una dimensión de 2,44 x 1,22 metros y un valor aproximado en el mercado de $7.000 a $9.000 (8,9 a 11,5 USD), dependiendo del ancho del panel. La tercera alternativa para la constitución de este tipo de cerramientos es la utilización de chapas metálicas, conocidas comúnmente en Chile por la canción de Víctor Heredia “Bailando con tu sombra”, la cual narra una relación social y material en la estrofa: “sobre los techos de zinc”, aludiendo a una estética del paisaje latinoamericano. Las planchas de zinc en este caso se utilizan como fachadas, y sus dimensiones van desde 0,8 hasta 1 metro de ancho y de 3 a 12 metros de largo. Su valor en el mercado va de los $7.000 a los $12.000 (8,9 a 15,3 USD). Además, las planchas poseen nervaduras que proveen al panel de resistencia y rigidez.

Fotografía 2: Fachada cubierta de OSB. Fotografía: autor

El cuarto tipo de cerramiento más usado está constituido por paneles o planchas de acero carbonizado, las cuales poseen una dimensión promedio de 1 x 3 metros y un espesor que va de 2 a 5 milímetros. Estos paneles tienen un valor en el mercado que fluctúa entre los $20.000 y los $90.000 (25,5 a 114,9 USD), en relación con espesor de la placa.

Fotografía 3: Fachada mall Estación Central revestida de planchas de zinc. Fotografía: autor 

Sistemas mixtos de blindajes temporales

Otros sistemas están constituidos por la complementación de más de un material, como la utilización de paneles de OSB y planchas de zinc, o la articulación de planchas de acero con perfiles tubulares cuadrados de acero, a modo de una estructura exterior que brinde mayor soporte al blindaje. Este tipo de sistemas se observan principalmente en recintos cercanos a Plaza Baquedano, o colindantes a la calle Alameda.

Fotografía 5: Mecanismo en fachada supermercado Santa Isabel, Estación Central. Fotografía: autor 

Mecanismos ordinarios

Otra de las singularidades en este tipo de intervenciones corresponde a la implementación de “nuevas funciones”, originadas desde la necesidad de añadir nuevas características al funcionamiento del blindaje. Como la instalación de un dispositivo que permite instalar y retirar los paneles de OSB sin dañarlos, o la perforación de planchas de acero galvanizadas para obtener vanos para puertas y orificios para la instalación de cadenas y candados.

Fotografía 4: Blindaje mixto, planchas de acero al carbón y perfiles de acero exteriores soldados. Fotografía: autor 

Este tipo de intervenciones dan cuenta de un conocimiento técnico arraigado en el oficio, el que, desde un enfoque arquitectónico o academicista, plantea un nuevo paisaje urbano que fecunda desde lo “ordinario” (E. Walker, 2010), desde la cotidianidad, a una acción tecnificada en respuesta al estallido social en Chile. Es así como, frente a este accionar técnico, la disciplina arquitectónica pasa de ser un ente activo a un mero observador de estas nuevas dinámicas sociales.

Tipos de blindaje para tipos de empresas

Todas estas configuraciones, a pesar de consolidar un mismo propósito (el salvaguardar el contenido y el patrimonio material de los locales comerciales), presentan una denotada relación entre ubicación, ingresos económicos y tipo de comercio, lo que se vincula a la elección del tipo de material para el blindaje. Es así como los locales comerciales de menores ingresos, como pequeñas y medianas empresas (PYMES), consultan la utilización generalizada de planchas de acero galvanizado y OSB, los cuales constituyen el cerramiento más económico en el mercado. Mientras que grandes instituciones bancarias y edificios institucionales optan por la utilización de planchas de acero de altos espesores y unidas mediante soldadura al arco, operación que evidencia de forma clara las brechas económicas asociadas al ingreso de las diferentes empresas que se articulan en el contexto santiaguino.

Fotografía 6: Farmacia Ahumada destruida. Fotografía: autor 

Consolidación de una nueva estética del paisaje urbano

Finalmente, estos cambios dinámicos asociados a una coyuntura de protesta, consolidaron en Santiago un nuevo paisaje urbano, que refleja de forma sintomática el descontento de la población frente a una serie de injusticias sociales, en las que radica la inequidad económica. Asimismo, estos tipos de blindaje también establecen una perspectiva enmarcada en el grado de descontento con las instituciones. Por esto, bancos, supermercados y otros tipos de infraestructuras, como el Metro de Santiago, constituyen hasta hoy los focos con mayor destrucción material, por lo que es lógico pensar que deben invertir un mayor capital en el tipo de blindaje para su protección.

Esta nueva construcción del paisaje también presenta otra lectura, que yace en las “repercusiones de un urbanismo funcionalista” arraigado en Chile, y que potenció la fragmentación de la ciudad debido a la incursión del sistema neoliberal, instalado en Chile en la dictadura militar entre los años 1973 y 1990 (Memoria Chilena, 2018). Así, estas acciones tienden a desproveer a la edificación de su función original, consolidando un sistema de apropiación del movimiento social, que trasforma a las edificaciones existentes en «hitos” o “esfinges” de la protesta, símbolos de una lucha por la equidad territorial.

Fotografía 7: Acceso banco Estado, centro de Santiago. Fotografía: autor 

REFERENCIAS

The Guardian, (2019), Chile students’ mass fare-dodging expands into city-wide protest. Link

https://www.theguardian.com/world/2019/oct/18/chile-students-mass-fare-dodging-expands-into-city-wide-protest?fbclid=IwAR0tEDRsYrHvK014hUY40YVlIqGY6IQ92ojegfCY7d0WzDyLwWWwETPaCgE

Walker,E. (2010), Lo ordinario. GG 

memoria chilena, (2018). CONFORMACIÓN DE LA IDEOLOGÍA NEOLIBERAL EN CHILE (1955-1978), Link: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-31415.html

*Daniel Escobar Carrillo, Arquitecto, Magister en diseño arquitectónico.

El urgente llamado a construir un nuevo Patrimonio

Nosotros estamos convencidos de que no es casualidad que, una a una, las estatuas de las plazas de armas de diferentes ciudades hayan sido destruidas: General Baquedano en Plaza Italia, Pedro de Valdivia en Temuco y Valdivia, Menéndez y Braun en Punta Arenas. Aparte de lo simbólico de cada manifestación, es la construcción de una nueva historia que escapa del paradigma hegemónico, una historia desde «abajo».

Por Natalia Vernal Hurtado*

El día 7 de noviembre, en la multitudinaria marcha convocada en el centro de Santiago a raíz de la crisis social que se ha vivido en las últimas semanas, vimos, como se quemaba el segundo piso de un “conocido” monumento histórico denominado Casa Schneider Hernández, construida el año 1915, perteneciente hoy en día a la Universidad Pedro de Valdivia. Rápidamente diferentes personajes públicos (académicos, investigadores, políticos, ciudadanos, etc.), y la prensa televisiva condenaron este incidente por la pérdida de su valor patrimonial arquitectónico. Toda esta situación nos hace plantearnos una serie de interrogantes en torno al patrimonio: 

¿Por qué hay una condena social a la pérdida de este tipo de patrimonio? Hoy, nuestra empatía hacia esta antigua casona nace desde lo más profundo de nuestra institucionalidad, este monumento histórico es parte de la Ruta de los Palacios, documento creado por el Ministerio de las Culturas, las artes y el patrimonio. La casona es el recuerdo de la gran bonanza de cierto sector de nuestra población (elite represiva y violenta) a principios del siglo XX debido al auge del salitre, ¿Tiene sentido, entonces, para la ciudadanía la conservación y valoración de este tipo de inmuebles? Para algunos ciudadanos claramente sí, su bienaventurada estética, el ego simbólico respecto a ser representando como una pieza de arte, sus columnas, su torre en forma de aguja son aspectos que quedarán para su valoración arquitectónica, pero para aquellos ciudadanos periféricos y subalternos, quienes son, finalmente el último depositario de la legitimidad de los procesos de patrimonialización, no tiene sentido. 

Por otra parte, en relación a institucionalidad que hoy en día está siendo profundamente cuestionada, aparece esta segunda interrogante: ¿se hace cargo la institución de que este patrimonio sea de libre conocimiento de los ciudadanos y ciudadanas? ¿Cuántos de los estudiantes de esa facultad o vecinos del barrio habrán conocido el rol de esta casona en historia de nuestro país? Sería mal agradecido no dar cuenta de ciertos avances en cuanto a la apertura de patrimonio en ciertas instancias, como por ejemplo el día del patrimonio, celebrado en el mes de mayo, donde muchos edificios abren sus puertas al público. Sin embargo, hoy se está demandando mucho más, se exige un patrimonio vivo, que debe estar en lo más interiorizado de la vida cotidiana, ser de conocimiento y libre acceso de quienes habitan los territorios y los cuales el patrimonio finalmente pertenece. ¿Sí el patrimonio está en manos privadas, no debería garantizarse su libre acceso y metodologías de educación acerca de su contexto histórico y social? 

Otra de las observaciones recurrentes durante este hecho ha sido la patente desigualdad espacial que existe en torno al patrimonio y el arte en las ciudades. El patrimonio institucional se concentra geográficamente en los centros históricos y los centros económicos, ocultando a su vez los patrimonios que existen dentro de las periferias, justamente porque es un patrimonio conservador, que lleva en sí el discurso de la elite y de sus valoraciones, como si el resto del país fuera un mero accesorio sin historia, sin cultura y sin patrimonio, inclusive es interesante escuchar a los burócratas y tecnócratas comentar a viva voz, que en las poblaciones no hay historia, y por ende, un símil capaz de ser ensalzado.  

Pareciera, que, desde la visión institucional, la periferia es un territorio deshumanizado, desculturalizado, deshistorizado, donde no hubiese nada que compartir, “donde aloja la barbarie”. Hoy vemos que la periferia se trasladó al centro, poniendo voz, discurso, historia y cultura al centro, se llena de murales, grafitis, hiphop, batucadas, pasacalles, buscando ser escuchados por aquella clase política económica y social chilena que la ha dominado por más de 40 años y que estampó en símbolos (nombres de calles, estatuas, monumentos, etc.) su paso por las ciudades.  

Dentro de esta misma perspectiva, durante estas semanas nos hemos hecho la pregunta más importante ¿cuál es el patrimonio que queremos construir y conservar? La ciudadanía, desde un proceso de profundo hastío frente a los abusos y desigualdad, de diversas formas nos llama a construir un nuevo patrimonio. Los sectores más conservadores acusarán de que es por la ignorancia de un pueblo que no sabe valorar lo suyo, un pueblo de identidad indefinida, un estallido de rabia generacional, una masa difusa que no comprende la historia.  

Nosotros estamos convencidos de que no es casualidad que, una a una, las estatuas de las plazas de armas de diferentes ciudades hayan sido destruidas: General Baquedano en Plaza Italia, Pedro de Valdivia en Temuco y Valdivia, Menéndez y Braun en Punta Arenas. Aparte de lo simbólico de cada manifestación, es la construcción de una nueva historia que escapa del paradigma hegemónico, una historia desde «abajo»: durante estos días, han triunfado en nuestros imaginarios los Mapuches, los Selknam, los obreros, la chimba, la ciudad bárbara que Benjamín Vicuña Mackenna tanto quiso ocultar y que más de 100 años después sigue aquí, diciendo presente.  

Es la expresión de un conocimiento popular que tiene como objetivo deconstruir el modelo histórico-cultural que ha predominado desde que nos constituimos como un Estado Nación hace más de 200 años.  Este impactante proceso, nos muestra un camino: tenemos que evitar que el patrimonio se reduzca a quedarse en museos o casas patrimoniales. Tenemos un llamado a construir un nuevo patrimonio, desde la profundidad de nuestras diversas identidades y culturas, un patrimonio que esté al servicio de la ciudadanía, decidido y construido por ella, coherente con sus discursos, un patrimonio vivo por y para los territorios. 

*Natalia Vernal Hurtado, Licenciada Antropología Social Universidad de Chile.

La privatización del agua en un Chile que se seca

Por Ignacio Arce.

A fines de enero pasado desde el Ministerio de Obras Públicas se presentó una indicación sustantiva a la modificación al Código de Aguas que lleva varios años tramitándose en el Congreso, la cual actualmente se encuentra en discusión en la Cámara del Senado.

Uno de los aspectos más polémicos de tal indicación va en el orden de materializar como “indefinidos” a cerca del 10% del total de los Derechos de Agua que actualmente pueden ser transados en el mercado, indicación contraria a la reforma al Código de Aguas impulsada en el segundo gobierno de Bachelet, que establecía la caducidad de las concesiones de estos derechos tras 30 años desde su adjudicación.

Este señalamiento no solo va en contra del tibio intento de resguardo público del agua que se heredó de la administración anterior, también va en contra de las recomendaciones de expertos y grupos ambientales que discuten sobre la urgente necesidad de volver a considerar el vital recurso en vista a su función socio-ecológica por sobre el derecho privado y las oportunidades que genera para el libre mercado.

Por una permanente pérdida de memoria social y recurrente actitud cortoplacista de las autoridades, hay que tener siempre en cuenta algunos elementos sensibles para esta discusión; Chile es el único país en el mundo donde el mercado define el acceso y gestión del agua, al mismo tiempo es uno de los más afectados por el cambio climático y la futura disponibilidad hídrica.  Y lo que es más grave, no existen en la actualidad políticas ni planes generales para el manejo de cuencas hidrográficas, un cierto dejo institucional que deriva en lamentar escenarios de descontrol que da como resultado que durante los últimos 10 años la sobreexplotación, el aprovechamiento ilícito y el mal manejo del recurso haya generado que cerca del 75%, de 101 cuencas que registra el Código de Aguas, mostraran signos de estrés hídrico.

La sobreexplotación y sus consecuencias son posibles de observar desde las extensas plantaciones de paltos y el “cartel del agua” de Petorca, que llamó la atención de la prensa alemana, hasta los paisajes artificiales en los entornos siempre verdes de Chicureo y sus condominios cerrados adornados con lagunas artificiales. Precisamente, en la Región Metropolitana, hacia donde avanza el desierto de norte a sur, el problema se está haciendo crítico. Desde finales del año pasado se han realizado simulacros a nivel institucional para enfrentar escenarios de sequías prolongadas o por el corte del suministro por un fenómeno hidrometereológico. Mientras tanto, diversas zonas rurales dependen cotidianamente de camiones aljibes como única respuesta de los gobiernos para reemplazar esteros y pozos secos.

Según la discusión llevada a cabo por la Comisión de Recursos Hídricos del Senado, la situación en algunas partes del país e incluso la de Santiago no dista mucho de Cuidad del Cabo, que estuvo durante el año pasado al borde del desabastecimiento y dependiente a la suerte de los elementos para evitar una crisis socioambiental.

Es propio argumentar entonces que, respecto al problema del agua en Chile, el Estado está frente a un tema extremadamente complejo donde pareciera que les da la espalda a los ciudadanos, comunidades, así como a sus entornos ambientales, y mira hacia el sector económico empresarial donde siempre ha existido una relación más “fluida”. No podemos sorprendernos después cuando ciertos sectores privilegiados de la sociedad que convenientemente trabajan transitando entre el Estado y el empresariado, concentran y expanden su propiedad y sus derechos, haciendo que los mercados como el agua y el suelo, por ejemplo, sean opacos y particularmente desiguales, distorsionados por la especulación impune a gran escala empleada por el sector social dueño de la riqueza y la información.

Este sector social conoce la complejidad de este problema que nos concierne a todos y sí toma cartas en el asunto en un campo de acción donde ellos tiene una influencia desproporcionada. Los diferentes gremios que están interesados en tener “certeza jurídica” sobre la propiedad privada y absoluta del agua; la Sociedad Nacional de Agricultura, el Consejo Minero, operadores de termoeléctricas, el sector inmobiliario residencial, y algunos canalistas/ propietarios menores, son los agentes que en Chile concentran la mayor cantidad de Derechos de Agua, ellos son los que exigen “certeza jurídica” para sus intereses privados y cuentan con un aparato tecno-político y comunicacional que les permite influir en la política y configurar discursos. Este aparato obliga al ministro actual a llegar a tener que distinguir públicamente la perpetuidad de la infinitud…

Si bien esta última indicación no es la más importante que ha afectado al Código de Aguas y a la historia de la autoritaria privatización hídrica en Chile, es una señal que debemos interpretar con hastío y preocupación frente a la recurrente perspectiva de los gobiernos representativos, evidentemente cortoplacista y no enfocada en la fragilidad socio-ecológica de Chile. Sepultando la realidad necesidad de aceptar y promover legalmente que el agua tiene una función humana, social y ambiental tan innegable como vital, esta modificación al Código es una señal cargada con una indolente despreocupación y directamente maltrato al bienestar socio-ecológico de su propio país que se está secando. Para qué hablar de un evidente resguardo a la sobreexplotación con características de clase sobre un recurso vital para nuestro futuro.

La problemática del agua en Chile es todavía un clamor invisibilizado pero incontenible en un futuro cercano, probablemente el temor al desabastecimiento y a la crisis generará más consciencia sobre este problema, y allí el Estado reaccionará, como siempre. Por lo tanto, nos queda pensar desde las comunidades locales y barriales para tomar organizadamente nuestras propias acciones, antes de caer en el eterno complejo de valorar nuestros entornos y sus recursos cuando ya los hemos perdido.

URBANISMO CIVILIZATORIO: EL CASO DEL JARDÍN JAPONÉS EN SANTIAGO

Catalina Loren S.

 

El pasado viernes 11 de enero, después de dos años de remodelación, fue reinaugurado el Jardín Japonés ubicado en el Parque Metropolitano de Santiago, el cual fue ampliado aumentando su superficie e incluyendo nuevas atracciones tales como senderos, escaleras y lagunas. Su apertura, sin embargo, abrió un debate interesante respecto al rol que cumple la planificación urbana respecto a usos y hábitos que se desarrollan en el espacio público, dado que muchos de los visitantes utilizaron sus dependencias por medio de prácticas que “no respetaban la vocación de este espacio”, en opinión de Juan Manuel Gálvez, el arquitecto a cargo de este proyecto.

A partir de estos comentarios el Ministro de Vivienda y Urbanismo, Cristián Monckeberg, respaldó esta idea señalando que se debe enseñar y formar a las familias visitantes respecto cómo cuidar el parque, dado que ha existido un uso distinto al adecuado, debiendo entender que hay ciertos usos asociados al espacio, donde actividades tales como jugar, hacer picnic o bañarse pueden realizarse en otras dependencias del Parquemet, porque el Jardín Japonés está destinado a la meditación y contemplación. Sin considerar, además, que muchas de estas dependencias exigen el pago de una entrada, excluyendo así a los visitantes que no tienen la capacidad de costearla y alejando así el sentido público asociado a estos espacios.

Frente a estas declaraciones surgen diversos cuestionamientos respecto al rol civilizatorio que tendrían las autoridades a cargo de temas urbanos y profesionales vinculados a proyectos realizados en la ciudad, planificando y construyendo en función de ideales, y no a partir de usos habituales del espacio y requerimientos de la población. En relación a este caso, el antropólogo Miguel Pérez señala que “la vocación de los espacios de la ciudad nunca es definida a priori, que los que deciden cuál es su uso y vocación son los mismos usuarios. Uno puede dar directrices, pero nunca anticipar cuáles van a ser sus usos».

Es así como esta discusión nos hace recordar un elemento propio de la cultura chilena, que ha estado arraigado desde los albores de nuestro país, el cual logra ser reflejado a través del concepto de derrotismo cultural señalado por Pérez, e ilustrado de manera brillante si revisamos el pensamiento de Diego Portales. Este político chileno que desempeñó un importante papel en la constitución del Estado chileno planteaba en 1822 que “la Democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera República”, manifestando así la necesidad de “enderezar” a los ciudadanos en el camino del orden y virtud, para posteriormente desarrollar un gobierno libre y con ideales, donde sus ciudadanos sean parte.

De esta manera es como podemos observar que esta lógica de pensamiento ha logrado permanecer hasta nuestros días, viéndolo resumido en la frase “Es que Chile no está preparado” frente a cualquier proyecto que se quiera implementar, o con el caso del Jardín Japonés, donde se castigan los modos de apropiación del espacio público ya que no se ajustan a los ideales y expectativas de planificadores urbanos, revelando así una muy baja valoración de lo local, de lo que es propio y ya existe, como es una experiencia sensorial directa y caracterizada por el tacto de la cultura latina sobre los territorios habitados, que permiten establecer una relación entre las personas y el mundo, mediada por el espacio y bajo sus propias lógicas culturales (Giglia, 2012).

En este sentido se vuelve necesario considerar las ideas de Giglia (2017) quien plantea que es muy peligroso el determinismo espacial que se sigue recreando al intervenir los espacios públicos en distintas ciudades actualmente, en donde se pretende moldear e intencionar determinados usos del espacio en los ciudadanos a partir del diseño arquitectónico y el mejoramiento físico de sus entornos. Planificar y proyectar los espacios públicos bajo esta lógica hace no considerar elementos esenciales al momento de pensar los lugares habitados, como son la memoria, significados atribuidos a ellos y usos previos que se desarrollen. De este modo, al imponer reglas de uso en los espacios colectivos, estableciendo lo que es adecuado y permitente, niega componentes como la creatividad e imaginación asociada a éstos, olvidando así usos locales, tradicionales o emergentes. A su vez, se problematiza la crisis de sociabilidad por la que atraviesan las ciudades hoy en día, donde son cada vez menos los lugares de encuentro e intercambio entre las sub-culturas urbanas que coexisten, desarrollando así espacios segregados y degradados que no están preparados para la presencia de individuos cada vez más diversificados, móviles y con prácticas de uso, apropiación y significación impredecibles (Giglia, 2012).

El caso del Jardín Japonés se presenta como una situación ideal para replantearnos las lógicas y modos bajo los cuales se está planificando y construyendo la ciudad, donde queda de manifiesto el desafío de vincular de manera adecuada las intervenciones urbanas con el sentir de los habitantes, sus modos de vida, requerimientos y deseos. En este sentido, creemos que el abrir el diálogo ciudadano, generar el encuentro y aplicar metodologías de diseño participativas e innovadoras se vuelve un requisito esencial en la actualidad para trabajar de modo colaborativo en los espacios públicos, los cuales deben ser creados y recreados por todos y todas, respetando así su derecho a la ciudad.

Referencias

Ferrer, C. (16 de enero de 2019). El masivo debut del Jardín Japonés: Análisis al «uso distinto a lo adecuado» del parque en su primer fin de semana. EMOL.

Giglia, Á. (2012). Cultura, cultura urbana y cultura metropolitana. En Á. Giglia, El habitar y la cultura. Pespectivas teóricas y de investigación (págs. 45-63). Barcelona: Anthropos.

Giglia, Á. (2017). Espacio publico, sociabilidad y orden urbano. Cuestión Urbana, 15-28.

 

A propósito de “los chilenos propietarios” y el acceso a la vivienda

Las palabras del Ministro de Vivienda y Urbanismo en agosto de este año, en la comisión de Vivienda y Urbanismo del senado, que se hicieron famosas esta semana con la difusión del video de la cuña por parte del diputado Alejandro Bernales (Partido Liberal de Chile) “…sobre todo en un país donde la gran mayoría de los chilenos son o somos propietarios, porque es nuestro patrimonio, no tenemos mucho más; la casita, dos departamentos, y ahí se radica el patrimonio de los chilenos”, causaron una controversia recogida por redes sociales, diversos medios de comunicación y actores relevantes de la política nacional, tomándose la agenda por un día.

Dejando de lado las aclaraciones semánticas y de contexto de lo que “en verdad quiso decir”, y la lluvia de cifras que trato de poner a prueba la idea central expuesta por el ministro, que era que los chilenos somos propietarios de más de un inmueble, y que, a nuestro juicio, demuestra que el ministro se equivocó, situación que más o menos queda en evidencia cuando, segundos posteriores a la cuña, el mismo ministro señala “… pero hoy día, no sé los porcentajes, no los manejo, pero el porcentaje altísimo del patrimonio es la propiedad, asociado una casa, un departamento, una casa en la playa o un terreno”, es pertinente entregar otra arista al problema de los chilenos propietarios.

Cuando el ministro habla de “la gran mayoría de los chilenos son o somos propietarios” y, para justificar este juicio, posteriormente entrega el porcentaje de hogares que declaran ser propietarios en la encuesta CASEN 2017 como lo hizo en su cuenta de twitter, se podría dar por cerrada la discusión ya que, al menos, logra demostrar una interpretación de sus dichos. Sin embargo, la sola exposición del tipo de tenencia de un hogar no muestra lo complejo del fenómeno de la propiedad y el acceso a la vivienda en Chile.

En particular, uno de los principales supuestos que encierra la afirmación del ministro, es que los chilenos hemos tenido la libertad de acceder a la adquisición de una propiedad. Esta noción puede estar alimentada por las cifras que se manejan en el mercado inmobiliario, donde se han edificado 1.210.568 viviendas nuevas entre los años 2009 y 2017, según cifras del INE a partir de los permisos de edificación. A esto se puede sumar la expansión de la clase media que, en otras palabras, significa que los hogares presentan mayores ingresos, lo que les permite adquirir más compromisos financieros como los de un crédito hipotecario, cerrando el circulo virtuoso entre una oferta sostenida en el tiempo y una demanda con capacidad de compra.

El problema en este escenario es que, al observar datos complementarios a la simple tenencia, no se evidencia un impacto inequívoco de estas tendencias (producción de vivienda y mayores ingresos) sobre el déficit habitacional, sobre los hogares que requieren una vivienda. El siguiente gráfico expone en la línea roja el déficit habitacional (medido como número de viviendas irrecuperables, número de hogares y núcleos allegados hacinados) según el total de hogares del país y en las barras azules el número de viviendas nuevas. Como se puede aprecia, a pesar de la constante construcción de nuevas viviendas que anualmente alcanza un promedio de 136 mil unidades en el período, el déficit ha fluctuado, alcanzando un máximo de 9,9% en 2011 y un mínimo de 7,2% en 2015. El aumento especifico en el último tramo, 2015-2017, es producto del aumento de hogares allegados que alcanzó los 300 mil en ese año, representando un aumento de casi el 64% desde el 2013, y, en menor medida, al aumento de viviendas irreparables (cerca de 4 mil de aumento). Por otro lado, y sólo a modo de ilustración del fenómeno, si se hubiese destinado la producción total de viviendas para cubrir este déficit habitacional, en 5 años este problema se hubiese resuelto.

 

Entonces, ¿quiénes son los que acceden a las viviendas que se construyen anualmente? ¿Son los 203 mil hogares (según CASEN 2017) que concentran el nuevo stock de viviendas? ¿por qué no es constante la disminución del déficit si el mercado inmobiliario ha producido viviendas constantemente en la última década? En este contexto, es posible que el ministro haya develado inconscientemente el principal problema que tiene el acceso a la vivienda actualmente, y que no ha permitido disminuir el problema de los hogares que no poseen un inmueble, y es que existen chilenos, no todos, sino unos pocos, que sí poseen más de una vivienda, acaparándolas por ser una inversión segura y aprovechándose históricamente de beneficios tributarios como el IVA a las viviendas nuevas que la reforma tributaria del gobierno anterior eliminó.

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