Espacios de debate ciudadano: La importancia de la sede social y la validación de los espacios virtuales

Por: Daniela Berríos Söhrens – Geógrafa Uch, Presidenta Fundación Geocultura.

En mi experiencia como vecina activa de mi comunidad, he notado la constante discusión sobre cuáles son los canales válidos de debate, crítica e intercambio de ideas dentro de las comunidades y los temas ciudadanos en general. En este sentido, es de suponer que el canal más validado para la discusión y el debate de una comunidad es la reunión, y en el caso de organizaciones legalmente constituidas, la asamblea. En mi opinión, el valor fundamental que debiera primar en estos espacios físicos es el carácter de “público”, y la transparencia tanto en el debate como en el mecanismo de toma de decisiones. La idea es generar un espacio de confianza e incluso también de pertenencia entre todos los participantes activos de la organizaciones o comunidades. Esto presume la importancia social del espacio y que este no deba ser carácter privado, como por ejemplo casas de dirigentes sociales, ya que es de suponer que en algunos casos el propietario del espacio de reunión puede ejercer presiones inconscientes o tácitas a quienes participan de las organizaciones. A mi parecer, esta es una de las principales razones por las cuales las comunidades deben contar con una sede social que pueda ser usada por las diferentes organizaciones sociales del territorio.

Sin embargo, la sede social y las asambleas no son el único lugar ni instancia de intercambio y debate de ideas comunitarias. Ya todos vimos como luego del estallido social del 18 de octubre 2019, los chilenos se juntaron en cabildos autoconvocados en las plazas y parques de sus barrios, lo que sin duda comenzó a fortalecer el desgastado y “tímido” tejido social que nos caracterizó como país después de la Dictadura. Asi mismo, en la era actual y debido a los estilos de vida en la ciudad globalizada, se ha visto dificultada la concurrencia vecinal constante a un lugar de debate público, por lo que la aparición de las nuevas tecnologías y principalmente la existencia de las redes sociales han generados nuevos espacios de debate comunitario virtuales.

Es precisamente sobre el uso de estos nuevos espacios virtuales donde se producen diferencias en las comunidades. Por una parte, muchos piensan que es necesario que el debate se realice sólo en los espacios físicos mediante reuniones y asambleas, y que las diferencias o críticas a las dirigencias se deben hacer de forma personal y discreta por el bien de la imagen de las organizaciones. Por otra parte, existen quienes ven como espacios válidos de debates las redes sociales o espacios virtuales comunitarios como grupos de whatsapp, y que piensan que no debiera haber problema ni miedo a la crítica pública mientras sea constructiva y respetuosa. En lo personal creo que el debate y las críticas deben ser públicas y conocidas por todos los miembros de la comunidad, sin importar si el espacio donde suceden sea físico o virtual. En términos generales, a mi parecer, la transparencia tanto en los conflictos, debates, críticas y momento de toma de decisiones se hace cada vez más fundamental para generar participación ciudadana efectiva, así como ciudadanos empoderados más allá de los dirigentes sociales que suelen acaparar los espacios de opinión y que muchas veces suelen responder a la agenda de sus partidos políticos y no necesariamente a la de su comunidad y/o territorio.

Cabe mencionar que son los dirigentes y ciudadanos más jóvenes los que normalmente están a favor de abrir y validar los espacios virtuales de debate, esto sugiere también diferencias generacionales sobre las nociones y el imaginario de los límites de la “polis” contemporánea. Para muchos, el espacio virtual y principalmente las redes sociales, ya generan “plazas públicas”[1] donde los ciudadanos producen debate e intercambio de ideas. Sin embargo y lamentablemente, las redes sociales también se han convertido en espacios de odiosidad y de desinformación, debido que es fácil guardar el anonimato y protegerse detrás de la pantalla. Esto hace necesario que en los espacios virtuales de debate comunitario se establezcan parámetros de respeto y de identificación de los participantes que impliquen cierta responsabilidad en las opiniones vertidas.

Finalmente, desde el ámbito de la filosofía política el facilitar el acto de “hablar” es también facilitar la acción ciudadana, no solo porque el hablar (opinar) sea una acción política, sino porque esta libertad de habla consiste también en dar lugar a la espontaneidad, concepto que desde Kant se basa en que cualquier individuo es capaz de comenzar una nueva serie o acción de cambio a partir de su opinión espontánea.


[1] Uno de los creadores de Twitter, Jack Dorsey, ha comentado en varias entrevistas que su premisa para generar esta red social era crear una plaza pública virtual para el debate social.

Las Ruralidades: algunas pistas para cuestionar el modelo.

A través de la marcha de campesinos y campesinas en Paillaco se visibilizan muchas problemáticas, que dada la masividad que han tenido las manifestaciones en las ciudades pareciera que lo rural pierde importancia o pasa a un segundo plano. Sin embargo, quizás a la luz de cambio de modelo que ha manifestado la ciudadanía desde el 18 de octubre, pareciera ser que el mundo campesino siempre nos ha dado luces o pistas del desarrollo que deberíamos apuntar a construir.

Por Natalia Vernal Hurtado

El día 27 de noviembre agricultores y agricultoras de la ciudad de Paillaco, Región de los Ríos, se encontraron en la plaza central del pueblo junto con sus animales e instrumentos de trabajo en apoyo a las demandas sociales consignadas desde el estallido social, haciendo énfasis en los problemas que más afectan sus modos de vida y mostrándonos que lo rural, aunque pareciera ser muchas veces invisibilizado por las demandas y concentraciones urbanas, está ahí y tiene mucho que decir. La consigna de la marcha era: ¡Por la dignidad del campesinado paillaquino y chileno, a no bajar los brazos! ¡No al TPP-11! 

Hoy en día, según datos del Censo 2017, la población rural alcanza a 2.149.469 personas, lo que representa el 12,2% del total, al mismo tiempo ocupa el 80% del territorio nacional1. ¿Cuál es la importancia de lo rural? Pareciera que simbólicamente Chile se ha construido a partir de lo rural, la mayoría de nuestro patrimonio institucionalizado que fundamentan las bases de nuestro imaginario Estado-Nación provienen de lo rural, como, por ejemplo, bailes y juegos típicos, comidas, los paisajes usados en turismo, así como nuestros recursos primarios son pertenecientes a lo rural. Sin embargo, a la luz de lo simbólico, pareciera que están deshabitados, o que nadie tiene apropiación sobre esos territorios ni menos poder de decisión sobre ellos, son una fotografía del mismo lugar de hace 100 o 50 años atrás.  

La ruralidad también es absorbida por la dimensión productiva, relacionada con la explotación de la minería, la agricultura, la pesca industrial, la plantación forestal, industrias que han depredado los territorios libremente y en las cuales no se ha considerado la participación de sus habitantes, generando una amplia gama de “externalidades”, que provocan esta dicotomía propia del capitalismo entre progreso y desarrollo. Sin embargo, lo rural va mucho más de su ámbito productivo o paisajístico, involucra una serie de modos de vida y de habitar el territorio que generalmente han sido dejadas de lado, de características muy diversas y complejas, con temporalidades diferentes. Es un territorio que a pesar de estas características extractivistas se nos presenta también con múltiples alternativas para la superación del sistema económico social cultural y político del país. 

En este mismo sentido, esta separación que se presenta entre lo rural y lo urbano también tiene que ser cuestionada. Primero, porque pareciera que todo lo que no es urbano, es rural, y esa masa extremadamente heterogénea que no cabe dentro de lo urbano lo calificamos de rural, manteniendo, de ese modo, esa asimetría de poder (de lo que no sabemos ni comprender ni distinguir) y por otro lado no pudiendo abarcar la diversidad de lo rural, impidiéndonos dialogar con todas las ruralidades presentes en nuestro territorio.

Segundo, porque esta facilidad de urbanizar muchos territorios a través de la extensión de los límites urbanos de las ciudades, que, en el contexto local, parecieran ser más bien líneas imaginarias que separan arbitrariamente lo urbano de lo rural (según Ley General de Urbanismo y Construcciones), no dando cuenta de características culturales, sociales y económicas de un territorio más diverso que sólo dos caracterizaciones. Incluso la misma OCDE, organización a la que Chile pertenece hace nueve años, propone una distinción, incluyendo otras categorías que permiten complejizar los territorios y dar una respuesta en política pública que se adecue más a cada una de sus necesidades. Este punto, debate viejo, ya fue incluido en la política nacional de desarrollo rural del año 2014, pero hasta la fecha los avances parecen insuficientes. Seguimos entendiendo lo rural como lo no urbano y al parecer, nada más. 

Por otra parte, en términos de indicadores de desarrollo y desigualdad lo rural siempre es el territorio más afectada: duplica los indicadores de pobreza de la CASEN2 con un 22,1%, cuando en lo urbano es de un 10,2%, del mismo modo con la pobreza extrema (7%). El acceso a servicios básicos es dramático: del casi 1.500.000 personas que no tienen acceso a estos servicios (agua y alcantarillado), por otra parte, siete de cada diez viviendas son de hogares rurales. Más aún, el 47,2% de viviendas rurales no tiene acceso a una red pública de agua3. Hablando de otros servicios, las limitaciones de las comunicaciones, no sólo de red de internet, también de señal abierta de televisión. Pareciera paradójico estar hablando de señal digital cuando hay sectores rurales extremos del país que jamás tuvieron acceso a lo análogo y . También en la construcción de vivienda, aunque existe el subsidio rural, muchas veces es difícil encontrar empresas que accedan a esos lugares y se hagan cargo de las construcciones, sumado a la escasa participación que tiene SERVIU como fiscalizador de cada proceso. En general se ha enfocado “el desarrollo” hacia nichos de mercado que seguramente abundan (demanda) olvidando que ese desarrollo sólo se conseguirá mediante el reconocimiento de la complejidad de lo territorial, los vínculos e interacciones entre los distintos territorios. Entendiendo que son distintos, las estrategias son distintas pero el desarrollo tiene que ser equitativo para todos ellos. 

A través de la marcha de campesinos y campesinas en Paillaco se visibilizan muchas problemáticas, que dada la masividad que han tenido las manifestaciones en las ciudades pareciera que lo rural pierde importancia o pasa a un segundo plano. Sin embargo, quizás a la luz de cambio de modelo que ha manifestado la ciudadanía desde el 18 de octubre, pareciera ser que el mundo campesino siempre nos ha dado luces o pistas del desarrollo que deberíamos apuntar a construir. Sin caer en la romantización del campesinado o lo rural, muchos movimientos de resistencia contra el mercado y el modelo económico, social y cultural que tenemos, han comenzado desde allí, de la defensa del agua en Petorca, la protección de las semillas y el desarrollo de las mujeres de ANAMURI, la resistencia contra la las grandes hidroeléctricas y sus líneas de transmisión de la Patagonia y el sur de Chile, por nombrar sólo algunos. Los cuales no fueron sólo un cuestionamiento a las formas de extracción-producción y consumo de recursos humanos y naturales que habitualmente tenemos como Estado, privados y también como ciudadanía, si no una respuesta a la amenaza directa que significó modificar sus modos de vida y su relación con la naturaleza.

¿No deberíamos también, entonces cuestionarnos el modo de vida urbano que es cuna, espacio de producción y reproducción del neoliberalismo globalizado? Quizás, sí partimos observando y construyendo desde allí, de esos espacios de resistencia, de lo local, también podamos alcanzar un desarrollo más equitativo para todos y todas. 

Santiago no es Ciudad Gótica solo por la basura

¿Has visto cómo es allá afuera, Murray? ¿Alguna vez dejas el estudio? Todos solo gritan y gritan el uno al otro. Ya nadie es civilizado. Nadie piensa cómo es ser el otro chico. ¿Crees que hombres como Thomas Wayne alguna vez piensan lo que es ser alguien como yo? ¿Ser alguien más que ellos mismos? Ellos no. ¡Piensan que nos sentaremos allí y lo tomaremos todo, como buenos niños! ¡Que no seremos hombres lobo y nos volveremos locos!

Por Gricel Labbé, Pedro Palma e Ignacio Arce

Recurrir a la geoficción como lo hace el geógrafo Alain Musset, “permite transgredir las reticencias institucionales y las fronteras académicas”[1], con el fin de comprender y acercar el análisis geohistórico de nuestras ciudades e instituciones a la esfera de lo masivo.

En este caso, el presente escrito mira el estallido social a través de su espacialidad, vinculándolo con dos películas icónicas del cine contemporáneo “El caballero de la noche” dirigida por Christopher Nolan del año 2008, y “El Joker” dirigida por Todd Phillips el año 2019.

La elección de ambas películas no es azarosa, más bien y como plantea Slavoj Zizek elevan “la mentira a un principio general social, al principio de organización de nuestra vida sociopolítica, como si nuestra sociedad y ciudades, pudieran parecer estables, y tuvieran la capacidad de funcionar solo en base a la mentira”[2]  (como si esta fuese verdad). Mientras que la verdad, encarnada en el Joker (o para nuestro caso el movimiento social) significa la distracción o desintegración del orden socioespacial establecido.

(…) Introduce un poco de anarquía, altera el orden establecido, y el mundo se volverá un caos. ¿Te digo algo sobre el caos? Es miedo. (El Joker en el caballero de la noche).

Hoy, 30 de noviembre de 2019 (y producto de un paro y movimiento nacional generalizado que abarca a la ciudadanía, funcionarios públicos, municipales y privados de todos los sectores productivos incluyendo al rubro de la basura) las ciudades chilenas se asemejan estrechamente a la ciudad Gótica (Gotham city) de Todd Phillips, la cual se encuentra inmersa en una crisis institucional generada por la injusticia social catalizada a través de la violencia a escala masiva.

Tal como en aquella imagen icónica que muestra un grafiti (tag) en el traje de Robin, compañero de Batman (signo del status quo y de los arreglos institucionales)[3], que dice “Ja, ja, tú eres el chiste, Batman” (Imagen 1), hoy las fachadas, plazas, estatuas y monumentos han sido rayados y/o sustituidos, demostrando así la poca pertenencia que existe hacia ellos, el nulo arraigo sobre los símbolos rigentes de una institucionalidad producida y reproducida por la élite política y empresarial.

De esta forma surgen del supuesto caos manifestaciones en los principales centros urbanos que posan la mirada sobre los distritos financieros donde confluye el poder político y económico, así como el control social, cultural y de los símbolos que adornan “nuestros” espacios públicos. Estas verdaderas revueltas buscan apropiarse de la ciudad a través de prefiguras subalternas, periféricas, e incluso tildados por algunos como marginales (tan marginal como el Joker) (Imagen 2).

Imagen 1. Traje de Robin en la Baticueva, visto en Batman y Superman
Imagen 2. Plaza Italia, Santiago, de Chile, recuperada de diario correo.

Acercándonos aún más a la urbe del Joker, tanto de Heath Ledger como de Joaquin Phoenix, podemos observar que la ciudad es una producción caótica y a la vez viva, definida por una ruptura social fulminante, cuyo símil a nuestra realidad se evidencia a partir de las contradicciones que el modelo neoliberal ha producido, la deslegitimación de la clase política-económica, la privatización al extremo de las funciones sociales del Estado, la precarización de los servicios urbanos (asemejando la crisis de los recolectores de la basura, en las imágenes 3 y 4), la individualización de la vida urbana y la exclusión de lo distinto, como corolario de la parálisis cultural que plantea la hegemonía del mercado en la vida humana.

Imagen 3: Joker corriendo por los bandejones de Gotham atestados de basura.
Imagen 4. Centro de Santiago en pleno estallido social.

Santiago, como tantas otras ciudades latinoamericanas no distan de estar ajenas a Gotham city. El cotidiano de sus habitantes presencian corrupción política, corrupción policial, crimen y segregación residencial reflejo de un Estado ambivalente[4].

Pero por qué establecemos que Ciudad Gótica podría ser en la actualidad cualquier capital latinoamericana.  La película ha sido capaz de leer la realidad de la sociedad occidental, la que se erige sobre un modelo que desecha a quienes son diferentes: los débiles, los viejos, los enfermos, los pobres. Que expulsa a lo distinto[5]. Se refleja a una sociedad enferma ética y moralmente, donde los ciudadanos con cacofobia se compadecen y condenan el caos, y de la misma forma hacen vista ciega a la violencia estructural ejercida diariamente, lo que se representa en el cese de las ayudas sociales, en los despidos injustificados o los lanzamientos a la calle. Fácil es recordar cuando Debra Kane (la trabajadora social) le dice a Arthur Fleck

“cerrarán la ayuda social (…) porque gente como nosotros no le importa al sistema”[6]

Pero ¿quién es el Joker? o mejor dicho ¿a quién representa el Joker en el contexto latinoamericano?  El Joker representa a cualquier ciudadano de la urbe, el Joker estuvo en el borde del precipicio y cayó (o mejor dicho se tiró). El resto de los ciudadanos aún están al borde, “basta solo un mal día para que ese ciudadano común se convierta en un nuevo Joker” (analogía a The killing Joke). Basta un alza del pasaje del metro para que la caldera explote por las fallas estructurales que le fisuran. La ciudad y la sociedad se encontraba hasta antes del estallido totalmente comprimida, tanto estructural como psicológicamente (fenómeno del burnout)[7]

(…) La locura como sabrás es igual que la gravedad solo necesitas un empujón. (Joker en el Caballero de la noche).

El Joker entonces representa lo contestatario, el querer cambiar las cosas desde la raíz podrida más profunda. El Joker va más allá de la reivindicación social, arrasa con todo y todos, asesina a quienes lo denostaron porque el contrato social en la ciudad se rompió o nunca existió. Una forma de nihilismo inusitado. Es la lucha de clases la que estalla en la cara a la élite político-económica de ciudad Gótica o de Santiago, pero no la de una clase obrera versus burguesa, distinción ya obsoleta, sino de un conglomerado de marginados y expulsados.

Sí el Joker representa a los ciudadanos conscientes ¿a quién representa Batman? Batman es una máscara de la civilidad que vela por el statu quo, es la representación de la clase política, aquella que desea mantenerse y reproducirse, la que tiñe sus discursos con el deber ser. Batman es la típica figura paterna que desea proteger, y tomar la justicia por sus manos, ya que nadie más puede hacerlo mejor que él. Es la imagen de aquellos agentes estructurados, de aquellos afincados en un partido político, el cual dícese representante y garante del orden socioespacial.

Si algo nos ha dejado el mundo cinematográfico y el análisis de la geo ficción, es el proyectar posibles futuros posibles para nuestras ciudades y sociedades. El destino de Santiago de Chile, al igual que de Ciudad Gótica, pareciera incierto en el costo plazo, aunque es posible predecir la prevalencia de una “caótica normalidad” que acompañará a nuestras ciudades.

El largo plazo es más oscuro aún. Por un lado, la figura del Joker significa el recrudecimiento del malestar social, la ruptura definitiva de la separación socioespacial que hemos provocado durante generaciones, hoy expresado en un arrojo excepcional hacia la protesta masiva. Por el otro lado, el Estado actuará con todas sus herramientas (legales e ilegales) para establecer el orden a través de la coacción, la “paz” como meta suprema sin importar el costo, la agudización de la vigilancia y el control, el asecho permanente de Batman quien trabaja para que el Estado aproveche esta ruptura social en favor del oscurantismo político en el que nos quieren sumergir.


[1] 1. Musset, Alain. (2018). Star Wars. Un ensayo urbano-galáctico. Editorial Bifurcaciones.

[2] 2. filósofo, sociólogo, psicoanalista y crítico cultural esloveno. Crítica al caballero de la noche, en el siguiente enlace https://www.youtube.com/watch?v=BRBsvyK_w9o

[3] 3. Película Batman v/s Superman:Dawn of justice dirigida por Zack Snyder el año 2016

[4] 4. Auyero, Javier, y Sobering, Katherine. The Ambivalent State. (2019). The Ambivalent State: Police-Criminal Collusion at the Urban Margins. Oxford University Press.

[5] 5. Han, Byung-Chul. (2017). La expulsión de lo distinto. Editorial Herder.

[6] 6. Para comprender esto se debe recurrir a los debates actuales en Latinoamérica respecto a la desigualdad económica, la segregación socioeconómica en las ciudades, la injusta distribución de la riqueza, la retracción del Estado o la ausencia de un Estado Benefactor, la desintegración del tejido social y el soporte barrial a las comunidades, como también la pérdida de la adscripción a una clase social.

[7] 7. Han, Byung-Chul. (2012). La sociedad del cansancio, Editorial Herder.

Arquitectura de la protesta y dinámicas del paisaje urbano: Blindajes temporales para protección de locales comerciales en Santiago.

Los cambios dinámicos asociados a una coyuntura de protesta consolidaron en Santiago un nuevo paisaje urbano, que refleja de forma sintomática el descontento de la población frente a una serie de injusticias sociales, en las que radica la inequidad económica.

Por Daniel Escobar Carrillo*

El pasado 18 de octubre del 2019, estalló en Chile el descontento ciudadano. Uno de los detonantes de la ola de protestas que ha continuado por más de cinco semanas fue el alza del pasaje de la red de metro, el que alcanzó un valor de $1,17 dólares, convirtiéndolo en el pasaje más caro de Latinoamérica (The Guardian, 2019).

Actualmente, en concordancia con el “desenfreno” de las movilizaciones sociales, una gran cantidad de las sucursales bancarias, tiendas comerciales, entre otros, han sufrido daños materiales, tanto estéticos como funcionales, sobre todo en lo que respecta a las fachadas de las edificaciones. Es así como algunos de estos síntomas del movimiento social se ven materializados en grafitis o afiches, mientras que los más brutales en la destrucción de vidrios, ruptura de cortinas metálicas y hasta fuego en la totalidad de los locales, despojándolos de su funcionamiento cotidiano.

Fotografía 1: Farmacia ahumada saqueada. Fotografía: autor 

Una de las medidas de mitigación que han tomado una serie de propietarios e instituciones es la protección de las fachadas del inmueble ante eventuales saqueos, mediante la fabricación de una “fachada parche” o “blindaje temporal”. Estas fachadas están construidas -en su gran mayoría- a partir de cuatro tipos de materiales: planchas galvanizadas lisas, OSB, planchas de zinc y planchas de acero carbonizado.

Tipos de blindajes temporales

El tratamiento más común y económico consiste en el cerramiento de vitrinas y ventanas mediante la instalación de una serie de planchas galvanizadas lisas, las que poseen un valor de mercado de $5.000 (6,38 USD). Otro de los blindajes más comunes es la colocación ordenada de una serie de paneles estructurales de OSB (oriented strand board, o tablero de filamentos orientados), que tienen una dimensión de 2,44 x 1,22 metros y un valor aproximado en el mercado de $7.000 a $9.000 (8,9 a 11,5 USD), dependiendo del ancho del panel. La tercera alternativa para la constitución de este tipo de cerramientos es la utilización de chapas metálicas, conocidas comúnmente en Chile por la canción de Víctor Heredia “Bailando con tu sombra”, la cual narra una relación social y material en la estrofa: “sobre los techos de zinc”, aludiendo a una estética del paisaje latinoamericano. Las planchas de zinc en este caso se utilizan como fachadas, y sus dimensiones van desde 0,8 hasta 1 metro de ancho y de 3 a 12 metros de largo. Su valor en el mercado va de los $7.000 a los $12.000 (8,9 a 15,3 USD). Además, las planchas poseen nervaduras que proveen al panel de resistencia y rigidez.

Fotografía 2: Fachada cubierta de OSB. Fotografía: autor

El cuarto tipo de cerramiento más usado está constituido por paneles o planchas de acero carbonizado, las cuales poseen una dimensión promedio de 1 x 3 metros y un espesor que va de 2 a 5 milímetros. Estos paneles tienen un valor en el mercado que fluctúa entre los $20.000 y los $90.000 (25,5 a 114,9 USD), en relación con espesor de la placa.

Fotografía 3: Fachada mall Estación Central revestida de planchas de zinc. Fotografía: autor 

Sistemas mixtos de blindajes temporales

Otros sistemas están constituidos por la complementación de más de un material, como la utilización de paneles de OSB y planchas de zinc, o la articulación de planchas de acero con perfiles tubulares cuadrados de acero, a modo de una estructura exterior que brinde mayor soporte al blindaje. Este tipo de sistemas se observan principalmente en recintos cercanos a Plaza Baquedano, o colindantes a la calle Alameda.

Fotografía 5: Mecanismo en fachada supermercado Santa Isabel, Estación Central. Fotografía: autor 

Mecanismos ordinarios

Otra de las singularidades en este tipo de intervenciones corresponde a la implementación de “nuevas funciones”, originadas desde la necesidad de añadir nuevas características al funcionamiento del blindaje. Como la instalación de un dispositivo que permite instalar y retirar los paneles de OSB sin dañarlos, o la perforación de planchas de acero galvanizadas para obtener vanos para puertas y orificios para la instalación de cadenas y candados.

Fotografía 4: Blindaje mixto, planchas de acero al carbón y perfiles de acero exteriores soldados. Fotografía: autor 

Este tipo de intervenciones dan cuenta de un conocimiento técnico arraigado en el oficio, el que, desde un enfoque arquitectónico o academicista, plantea un nuevo paisaje urbano que fecunda desde lo “ordinario” (E. Walker, 2010), desde la cotidianidad, a una acción tecnificada en respuesta al estallido social en Chile. Es así como, frente a este accionar técnico, la disciplina arquitectónica pasa de ser un ente activo a un mero observador de estas nuevas dinámicas sociales.

Tipos de blindaje para tipos de empresas

Todas estas configuraciones, a pesar de consolidar un mismo propósito (el salvaguardar el contenido y el patrimonio material de los locales comerciales), presentan una denotada relación entre ubicación, ingresos económicos y tipo de comercio, lo que se vincula a la elección del tipo de material para el blindaje. Es así como los locales comerciales de menores ingresos, como pequeñas y medianas empresas (PYMES), consultan la utilización generalizada de planchas de acero galvanizado y OSB, los cuales constituyen el cerramiento más económico en el mercado. Mientras que grandes instituciones bancarias y edificios institucionales optan por la utilización de planchas de acero de altos espesores y unidas mediante soldadura al arco, operación que evidencia de forma clara las brechas económicas asociadas al ingreso de las diferentes empresas que se articulan en el contexto santiaguino.

Fotografía 6: Farmacia Ahumada destruida. Fotografía: autor 

Consolidación de una nueva estética del paisaje urbano

Finalmente, estos cambios dinámicos asociados a una coyuntura de protesta, consolidaron en Santiago un nuevo paisaje urbano, que refleja de forma sintomática el descontento de la población frente a una serie de injusticias sociales, en las que radica la inequidad económica. Asimismo, estos tipos de blindaje también establecen una perspectiva enmarcada en el grado de descontento con las instituciones. Por esto, bancos, supermercados y otros tipos de infraestructuras, como el Metro de Santiago, constituyen hasta hoy los focos con mayor destrucción material, por lo que es lógico pensar que deben invertir un mayor capital en el tipo de blindaje para su protección.

Esta nueva construcción del paisaje también presenta otra lectura, que yace en las “repercusiones de un urbanismo funcionalista” arraigado en Chile, y que potenció la fragmentación de la ciudad debido a la incursión del sistema neoliberal, instalado en Chile en la dictadura militar entre los años 1973 y 1990 (Memoria Chilena, 2018). Así, estas acciones tienden a desproveer a la edificación de su función original, consolidando un sistema de apropiación del movimiento social, que trasforma a las edificaciones existentes en «hitos” o “esfinges” de la protesta, símbolos de una lucha por la equidad territorial.

Fotografía 7: Acceso banco Estado, centro de Santiago. Fotografía: autor 

REFERENCIAS

The Guardian, (2019), Chile students’ mass fare-dodging expands into city-wide protest. Link

https://www.theguardian.com/world/2019/oct/18/chile-students-mass-fare-dodging-expands-into-city-wide-protest?fbclid=IwAR0tEDRsYrHvK014hUY40YVlIqGY6IQ92ojegfCY7d0WzDyLwWWwETPaCgE

Walker,E. (2010), Lo ordinario. GG 

memoria chilena, (2018). CONFORMACIÓN DE LA IDEOLOGÍA NEOLIBERAL EN CHILE (1955-1978), Link: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-31415.html

*Daniel Escobar Carrillo, Arquitecto, Magister en diseño arquitectónico.

El urgente llamado a construir un nuevo Patrimonio

Nosotros estamos convencidos de que no es casualidad que, una a una, las estatuas de las plazas de armas de diferentes ciudades hayan sido destruidas: General Baquedano en Plaza Italia, Pedro de Valdivia en Temuco y Valdivia, Menéndez y Braun en Punta Arenas. Aparte de lo simbólico de cada manifestación, es la construcción de una nueva historia que escapa del paradigma hegemónico, una historia desde «abajo».

Por Natalia Vernal Hurtado*

El día 7 de noviembre, en la multitudinaria marcha convocada en el centro de Santiago a raíz de la crisis social que se ha vivido en las últimas semanas, vimos, como se quemaba el segundo piso de un “conocido” monumento histórico denominado Casa Schneider Hernández, construida el año 1915, perteneciente hoy en día a la Universidad Pedro de Valdivia. Rápidamente diferentes personajes públicos (académicos, investigadores, políticos, ciudadanos, etc.), y la prensa televisiva condenaron este incidente por la pérdida de su valor patrimonial arquitectónico. Toda esta situación nos hace plantearnos una serie de interrogantes en torno al patrimonio: 

¿Por qué hay una condena social a la pérdida de este tipo de patrimonio? Hoy, nuestra empatía hacia esta antigua casona nace desde lo más profundo de nuestra institucionalidad, este monumento histórico es parte de la Ruta de los Palacios, documento creado por el Ministerio de las Culturas, las artes y el patrimonio. La casona es el recuerdo de la gran bonanza de cierto sector de nuestra población (elite represiva y violenta) a principios del siglo XX debido al auge del salitre, ¿Tiene sentido, entonces, para la ciudadanía la conservación y valoración de este tipo de inmuebles? Para algunos ciudadanos claramente sí, su bienaventurada estética, el ego simbólico respecto a ser representando como una pieza de arte, sus columnas, su torre en forma de aguja son aspectos que quedarán para su valoración arquitectónica, pero para aquellos ciudadanos periféricos y subalternos, quienes son, finalmente el último depositario de la legitimidad de los procesos de patrimonialización, no tiene sentido. 

Por otra parte, en relación a institucionalidad que hoy en día está siendo profundamente cuestionada, aparece esta segunda interrogante: ¿se hace cargo la institución de que este patrimonio sea de libre conocimiento de los ciudadanos y ciudadanas? ¿Cuántos de los estudiantes de esa facultad o vecinos del barrio habrán conocido el rol de esta casona en historia de nuestro país? Sería mal agradecido no dar cuenta de ciertos avances en cuanto a la apertura de patrimonio en ciertas instancias, como por ejemplo el día del patrimonio, celebrado en el mes de mayo, donde muchos edificios abren sus puertas al público. Sin embargo, hoy se está demandando mucho más, se exige un patrimonio vivo, que debe estar en lo más interiorizado de la vida cotidiana, ser de conocimiento y libre acceso de quienes habitan los territorios y los cuales el patrimonio finalmente pertenece. ¿Sí el patrimonio está en manos privadas, no debería garantizarse su libre acceso y metodologías de educación acerca de su contexto histórico y social? 

Otra de las observaciones recurrentes durante este hecho ha sido la patente desigualdad espacial que existe en torno al patrimonio y el arte en las ciudades. El patrimonio institucional se concentra geográficamente en los centros históricos y los centros económicos, ocultando a su vez los patrimonios que existen dentro de las periferias, justamente porque es un patrimonio conservador, que lleva en sí el discurso de la elite y de sus valoraciones, como si el resto del país fuera un mero accesorio sin historia, sin cultura y sin patrimonio, inclusive es interesante escuchar a los burócratas y tecnócratas comentar a viva voz, que en las poblaciones no hay historia, y por ende, un símil capaz de ser ensalzado.  

Pareciera, que, desde la visión institucional, la periferia es un territorio deshumanizado, desculturalizado, deshistorizado, donde no hubiese nada que compartir, “donde aloja la barbarie”. Hoy vemos que la periferia se trasladó al centro, poniendo voz, discurso, historia y cultura al centro, se llena de murales, grafitis, hiphop, batucadas, pasacalles, buscando ser escuchados por aquella clase política económica y social chilena que la ha dominado por más de 40 años y que estampó en símbolos (nombres de calles, estatuas, monumentos, etc.) su paso por las ciudades.  

Dentro de esta misma perspectiva, durante estas semanas nos hemos hecho la pregunta más importante ¿cuál es el patrimonio que queremos construir y conservar? La ciudadanía, desde un proceso de profundo hastío frente a los abusos y desigualdad, de diversas formas nos llama a construir un nuevo patrimonio. Los sectores más conservadores acusarán de que es por la ignorancia de un pueblo que no sabe valorar lo suyo, un pueblo de identidad indefinida, un estallido de rabia generacional, una masa difusa que no comprende la historia.  

Nosotros estamos convencidos de que no es casualidad que, una a una, las estatuas de las plazas de armas de diferentes ciudades hayan sido destruidas: General Baquedano en Plaza Italia, Pedro de Valdivia en Temuco y Valdivia, Menéndez y Braun en Punta Arenas. Aparte de lo simbólico de cada manifestación, es la construcción de una nueva historia que escapa del paradigma hegemónico, una historia desde «abajo»: durante estos días, han triunfado en nuestros imaginarios los Mapuches, los Selknam, los obreros, la chimba, la ciudad bárbara que Benjamín Vicuña Mackenna tanto quiso ocultar y que más de 100 años después sigue aquí, diciendo presente.  

Es la expresión de un conocimiento popular que tiene como objetivo deconstruir el modelo histórico-cultural que ha predominado desde que nos constituimos como un Estado Nación hace más de 200 años.  Este impactante proceso, nos muestra un camino: tenemos que evitar que el patrimonio se reduzca a quedarse en museos o casas patrimoniales. Tenemos un llamado a construir un nuevo patrimonio, desde la profundidad de nuestras diversas identidades y culturas, un patrimonio que esté al servicio de la ciudadanía, decidido y construido por ella, coherente con sus discursos, un patrimonio vivo por y para los territorios. 

*Natalia Vernal Hurtado, Licenciada Antropología Social Universidad de Chile.

Desafíos de la música chilena en contexto de crisis social

– » Ya basta de música extranjerizante, o de música que no nos ayuda a vivir, que no nos dice nada, que nos entretiene un momento y nos deja tan huecos como siempre». –  Victor Jara

Por Felipe Aranda Brown*

A partir de las manifestaciones que hemos vivido los chilenos durante este año 2019, particularmente desde el 18 de octubre, nace una reflexión en torno al rol que cumple, y como nos acompaña la música por estos días. Las siguientes ideas nacen desde una perspectiva musical arraigada en anteriores cultores de las artes, y de cómo esas ideas olvidadas retoman fuerza aportando y construyendo incluso hasta nuestros días.

Bien hemos observado (y escuchado), cómo la música es el componente indivisible en las manifestaciones y demandas, inmersos en la necesidad vital de una sociedad por ser escuchada. Es así como la espontánea instrumentación de este concierto a cielo abierto han sido las ollas, percusiones, vuvuzelas, bocinas de automóviles entre otros miles. Además de los gritos unidos a la palabra que articulan el discurso lirico en voces y manos rabiosas de los intérpretes de esta orquesta infinita que es el pueblo. Un sinfín de elementos que llaman la atención, golpean el oído y obligan a escuchar estemos donde estemos. La orquesta sin director busca que su música (y demanda) espontánea y visceral sea escuchada en cualquier escenario, y como si fuera poco, invita a ser parte de ella.

El ostinato rítmico brutal e incesante de negra, negra, doble corchea y negra, es tan sencillo como calador en el espíritu. Aquel que lleva semanas enredándose en sí mismo, entre cánones, repeticiones, adiciones y sustracciones de instrumentos y que a veces pende frágilmente a lo lejos en una olla desde el balcón de un departamento durante la noche. No es más que el responsable de generar el trance psíquico dentro de la obra. Te predispone, te abraza, te protege, te hace fuerte. Y genera el quiebre en el estado mental del auditor, y te recuerda que aquí nada aún ha cambiado.

Los colores, o instrumentos, utilizados dentro de esta magna música improvisada varían, según la ubicación geográfica dentro de este gran órgano musical. Por ejemplo, hacia el sector oriente se perciben los sonidos y los instrumentos vinculados a la electrónica, algo vinculado con las posibilidades de acceso a mayores bienes. Y, por otro lado, hacia el sector sur, el ruido ensordecedor de la olla, el caceroleo y las bocinas de automóvil es incesante e igualmente efectivo. Así nuestros oídos atienden al cromatismo infinito de sonidos que bañan la geografía santiaguina, y los colores son, y se reconocen, como hermanos y cercanos que trazan en la misma tela una misma canción.

En las paredes, las calles y los cuerpos resuenan los ritmos, corren libres y amplificadas las voces de Víctor Jara, Jorge González o Violeta Parra. Ellos construyen desde la dimensión de la memoria y sustentan el presente. Un coro invocado por la gente, que transporta melodías, nuestras melodías, que se entienden y moldean como una gota de agua revitalizadora que parte en la cordillera y se va haciendo río hasta desembocar a un mar invisible de voces. Un canto mántrico de viejas músicas hechas por los nuestros.

De esta forma esta sociedad que siempre se le mencionó como dormida, invadió los espacios. Como una pintura en el lienzo invisible de la materia confeccionado por la brigada Ramona Parra. Hemos invocado desde nuestra memoria elementos para justificarnos, revitalizarnos y para darnos cuenta de que los dolores de nuestros antiguos siguen siendo los nuestros, que su canto no fueron palabras que se diluyeron en el tiempo. Esto es una unificación de la memoria producto de darnos cuenta de que la razón de tu espanto siempre fue la misma que la mía.

Elaboración Propia. Marcha Plaza de Ñuñoa, Santiago
Imagen Propia. Manifestante en Plaza de Ñuñoa

Dentro de estas semanas de manifestaciones la música cambió su significado dentro de la sociedad, desde un mero objeto de consumo ahora se nos ofrece como una mano amiga que cobija, acompaña y empodera. Es decir, vuelve a ser un arte en una escala más humana. Corresponde preguntarse entonces dos cosas. ¿debemos potenciar este camino hacia un paradigma musical acorde a las necesidades de una sociedad que está tratando de plantarse seriamente en siglo XXI?, y si ¿urge o no música que nos ayude a vivir, con un mensaje que vaya más allá de la euforia del momento, música que nos dé la mayor posibilidad de expresión y libertad?

La tarea es titánica, porque demanda un ejercicio de imaginación colectiva gigante, que apunte hacia el mundo que deseamos habitar en el futuro, que, por desconfianza e inoperancia, ya no se puede dejar en manos de una acabada clase política, o de la industria musical. Para producir la sinergia necesaria, se requiere a músicos y artistas que se sientan parte de, y que además escuchen y entiendan que es lo que se está apuntando dentro de esta crisis, como el nefasto resultado del sistema actual, pero no desde la imposición de la oferta y la demanda de una industria. El contrato social generado con pueblo debe ayudarle a vivir, mantener su conciencia viva y educar. De esta forma, la música aporta y se hace cargo de una sociedad y construye hacia el futuro.

Debemos escuchar(nos) para tomar conciencia de los estímulos que hay. Avancemos desde la arraigada tradición armónica, estética, estilística y lírica actual, hacia una interpretación más sincera y humana de las necesidades de la nuestra gente y sociedad, lo cual, desde la perspectiva musical, inevitablemente nos enfrenta también a la crisis interna que debemos resolver sobre de lo que hemos hecho y cómo podemos participar de un cambio, o como hemos contribuido a este colapso.

Una serie de desafíos se abren en muchos aspectos para quien desee transitar por el pantanoso y oscuro momento de crisis hacia el resultado incierto de la imaginación colectiva, pese a todo hay una certeza. La música y el arte que hoy extiende la mano, de alguna manera u otra estará presente en el futuro, invitándonos a gritar y a empoderarnos de nuestro momento para ser libres.

*Felipe Aranda Brown, Músico y profesor de música.

1 2 3 4 6